11/9/17

Tres dilemas de Lenin: guerra, revolución, burocracia

Reseña de “The Dilemmas of Lenin: Terrorism, War, Empire, Love and Revolution”, Tariq Ali
Pablo Muyo Bussac

A la víspera del centenario de la Revolución de Octubre, Tariq Ali nos entrega en su último libro “The Dilemmas of Lenin: Terrorism, War, Empire, Love and Revolution” (Verso, 2017) una verdadera oda al hombre sin el cual, en palabras de Ali, la revolución socialista jamás hubiese acontecido. En un libro a caballo entre el género biográfico, el ensayo histórico acerca del movimiento obrero y las formaciones políticas revolucionarias rusas y europeas del ‘largo siglo XIX´, y un ensayo político sobre las condiciones de emergencia de movimientos insurreccionales y sus modos organizativos, Lenin nos es presentado bajo un prisma que logra enfocar una multitud de dimensiones de su trayectoria vital y política: este libro logra dar cuenta de los momentos más enconados de dicha trayectoria, así como realiza un análisis del proceso revolucionario identificando los acontecimientos clave en los cuales el curso de la historia tomó una dirección u otra, en los que su peso fue domado y ésta rearticulada, y en el que oportunidades valiosas fueron demolidas.

En un estilo ágil y cautivador, acorde al dramatismo del periodo narrado, Tariq Ali alaba fascinado y fascinantemente la inteligencia estratégica de Lenin, al que considera como el artífice de la autonomía de la política. Ahora bien, bajo ninguna circunstancia se trata de un volumen suplementario en la biblioteca hagiográfica leninista: en él se señalan las debilidades, fallas y contradicciones de un proyecto inmerso en la tenacidad del comienzo del siglo más violento de la historia de la Humanidad. De especial importancia son los capítulos finales en los que se analiza la derrota total, así como la autoconsciencia de Lenin de la misma, de la idea de ‘Estado-comuna’, expuesta en El Estado y la Revolución. Lenin se vio incapacitado para revertir el proceso de constitución, apuntalado por Stalin, de un ‘Estado-partido’ en el que la burocracia de partido vino a suplantar el poder directo e inmediato de las masas organizadas en los soviets de trabajadores y soldados. El repudio contra la santificación de Lenin es explícito en las páginas finales del libro en las cuales se reseña la petición expresa de la familia del líder bolchevique de no embalsamar su cuerpo, ni erigir monumentos, ni nombrar calles o avenidas en su nombre. En palabras de la familia: “Si desean honrar el nombre de Vladimir Ilyich, entonces, establezcan orfanatos, guarderías, casas, colegios, librerías, ambulancias, hospitales, asilos para inválidos, y ante todo, deberán crear un testamento viviente de sus ideales”. Por todo lo dicho, el libro, tal como el título indica, trabaja en torno a tres dilemas a los que Lenin tuvo que enfrentarse: la Primera Guerra Mundial, el camino que debía tomar la Revolución en Rusia, y la reversión de la burocratización del Estado soviético.
Primer dilema: guerra imperial y emancipación internacional
El primer dilema fue la Primera Guerra Mundial, momento en el que estallan las contradicciones entre los imperios depredadores europeos, las contradicciones del capitalismo monopolista en formación a comienzos de siglo, así como las contradicciones de los partidos socialdemócratas.

 El primer término del dilema es la absoluta traición de los partidos socialdemócratas con su colaboración activa y chovinista a la carnicería. Hay que recordar que en 1907, en el congreso de la II Internacional celebrado en Stuttgart, se aprobó por unanimidad una resolución redactada por Lenin, Martov -líder de la facción Menchevique- y Rosa Luxemburgo en la que se declaraba el rechazo total de toda guerra interestatal en Europa y el compromiso de que, de darse, los partidos miembros de la Internacional pondrían todo su esfuerzo por sabotearla y ponerle fin. El arrobamiento antibélico que la animaba nos permite comprender que Lenin, Hardie (líder del Partido Laborista) y Luxemburgo apoyaran la posibilidad de organizar huelgas generales preventivas para evitar la explosión del conflicto. La traición a lo que era un verdadero compromiso político fue tal que, al recibir las noticias de que Kautsky (líder del SPD, partido socialdemócrata alemán, y figura mayor del marxismo europeo) capituló y dio su apoyo con el del resto de diputados socialistas (excepto Karl Liebknecht) a la guerra, Lenin llegó a pensar en un primer momento que se trataba de una falsificación para desmoralizar a la clase obrera europea. Al darse cuenta de que se trataba de una información verídica, Lenin sufrió uno de los desencantamientos y decepciones fundamentales de su vida. Tras 1914 se abre un proceso de fractura total en los partidos socialdemócratas que alcanzará su realización final en la creación de la Tercera Internacional en marzo 1919, pensada como una escuela fundamental de discusión de estrategias y tácticas revolucionarias y un espacio para coordinar y organizar la revolución socialista internacional.

Esto nos permite analizar el segundo término del dilema. Lenin fue siempre un comprometido internacionalista: el derrocamiento del orden global capitalista debía ser global y total. Organizar la revolución en Rusia sólo tenía sentido si provocaba un efecto dominó que afectase a Alemania, Hungría, Francia, Reino-Unido, etc. En este sentido, la Primera Guerra Mundial se le presentó como una oportunidad para transformar la guerra entre potencias imperiales en una ‘guerra civil europea’ en la que las clases populares del continente, bajo la bandera de Paz, Pan y Tierra, desertasen masivamente los ejércitos, se amotinasen y derrocasen sus burguesías nacionales. El hastío, la miseria y el hambre padecidos por las tropas movilizadas en la trituradora de la Gran Guerra ofrecían un escenario de crisis y crispación que las fuerzas revolucionarias europeas no podías desaprovechar. Es más, la metamorfosis del conflicto imperialista a una revolución internacional casi se produjo: por ejemplo, el 16 de enero de 1918 se celebra la primera asamblea del soviet de trabajadores de Austria. El clima austríaco era de inminente revolución, pero, otra vez más, ésta fue saboteada por la dirección del partido socialdemócrata. En Alemania se producen huelgas masivas en 1917 en Berlín, Halle, Brunswick, Magdeburgo y Leipzig; en el verano de ese mismo año, soldados de la marina se amotinan en Kiel, y en Enero 1918 un millón de trabajadores van a la huelga general durante diez días bajo la consigna de ‘paz y solidaridad con Rusia’. La atmósfera de inminente revolución en todo el continente es patente y dio nacimiento a una larga lista de revoluciones aplastadas por los fusiles: el levantamiento espartaquista en Berlín, el soviet de Munich, la comuna de Budapest, las ocupaciones de fábricas de Turín, etc: derrotas que llevaron a la necesidad de crear una nueva Internacional y nuevos partidos -los comunistas- para coordinar y ejecutar revoluciones victoriosas.
         
En definitiva, formularía el primer dilema planteado por Tariq Ali en los siguientes términos: cómo redirigir la aniquilación de los pueblos de Europa hacia su posible emancipación total, en tanto que la guerra alimenta la idea de la revolución socialista como única salida a la matanza, pero enfrentándose al hecho de que los partidos que organizan a las clases obreras apoyan la guerra y agitan sentimientos nacionalistas. Lenin no vio nunca esta guerra como una tragedia sino como un nuevo campo de posibilidades: de ahí una de las primeras gran virtudes de Lenin en opinión de Ali: su increíble capacidad de interpretación del momento histórico. El dilema, no obstante, sólo se resolvió con una victoria parcial, sacando a la luz cierta ingenuidad del propio Lenin. Si bien en Octubre los Bolcheviques lideran una revolución socialista victoriosa, existía cierta confianza ciega de que la revolución iba a acontecer en el resto de Europa casi por necesidad histórica. Bajo la luz de esta creencia hay que interpretar el Tratado de Brest-Litvosk en el que Rusia renunció a muchos de sus territorios como Finlandia, Polonia o Estonia entre tantos otros. Lenin consideraba irrelevantes esas pérdidas por dos motivos: por un lado, el objetivo fundamental era poner punto y final a la guerra cuanto antes. Por otro, Lenin creía que la revolución en Alemania y otros países era cuestión de meses y que se produciría una entrega de vuelta de esos territorios sin mayor discusión.
Segundo dilema: organizar la revolución
El segundo dilema concierne la vía, los medios y los objetivos de la revolución en el periodo posterior a la Revolución de Febrero. Ésta produjo un gobierno débil que era incapaz de resolver la crisis y que, sobre todo, seguía comprometido con la campaña bélica. En opinión de Tariq Ali, el producto de Febrero estaba condenado a muerte desde sus inicios y sólo dos fuerzas políticas podían rellenar el vacío que se iba a generar: “los Bolcheviques, tras haber recibido la vigorosa reeducación de Lenin, o los generales que dirigieron al Ejército Blanco en la guerra civil posterior a la revolución de Octubre”. Febrero fue un alzamiento masivo de las masas de Petrogrado imprevisto por todas las fuerzas políticas que asestó un golpe mortal al feudalismo y al absolutismo ruso en tan sólo ocho días. Liderado por los obreros de una industria en crecimiento exponencial en la ciudad y los soldados, los soviets de trabajadores y soldados exigieron el poder político reclamando para sí el monopolio legítimo de la violencia. No obstante, dicha demanda popular no se tradujo en la construcción de un estado socialista, sino que se formó un gobierno provisional formado por viejos políticos de la Duma y por Mencheviques. Este gobierno se mostró pusilánime, inactivo, absuelto de rendir cuentas, y sin legitimidad representativa. La miseria siguió creciendo y la guerra no paró. Frente a las partes del gobierno establecido que, inspirados por una filosofía de la historia marxista vulgar, creían firmemente en la elaboración de una sociedad burguesa con instituciones democráticas como etapa necesaria para luego poder dar paso, si eso, a la organización de una revolución socialista, había un país en plena efervescencia política: se debatía constantemente y sin descanso de las plazas a las fábricas, de los muelles y puertos a las estaciones de tren, y los mercados en los pueblos parecían una enorme nube de ruido y discusión política. Quizás fuese el periodo de la historia de Rusia, en opinión de Ali, en el que mayor libertad de expresión o ejercicio de la misma hubo nunca. La política inundaba las calles, y sin esta marea bajo la cual las masas rusas adquirieron un alto grado de conciencia y educación política, los Bolcheviques jamás hubiesen acumulado las fuerzas suficientes para ganar en Octubre. Como una vez dijo Lenin: “Durante una revolución decenas de millones de personas aprenden más en una semana que en años de su vida ordinaria.”

No obstante, el partido Bolchevique y su dirección no estaban tampoco dispuestos a ‘forzar el curso de la historia’ y organizar la revolución socialista. Es sobre este telón de fondo sobre el que se desarrolla el segundo dilema de Lenin. Lenin, exiliado en Suiza cuando la revolución estalla, al enterarse de ésta escribió a Alejandra Kollontai, exiliada en Estocolmo, “nunca más según las directrices de la Segunda Internacional. Nunca más junto a Kautsky. Por todos los medios mayor programa revolucionario y más tácticas revolucionarias.” Como dice Tariq Ali en la introducción, incluso cuando las condiciones favorecen un levantamiento, muy excepcionalmente hay organizaciones capaces de tomar ventaja de las mismas. Mientras que Lenin “no sentía timidez alguna ante el hecho de hacer Historia, y comprimir la experiencia de décadas en tan sólo unos días”, el Partido Bolchevique se mostraba activamente en contra de ‘saltarse las etapas de la Historia’. A la vuelta de Lenin a Rusia, y tras la lectura de las Tesis de Abril, la mayoría de la dirección le consideraba como un loco. Poca gente, tal que Kollontai, defendieron el proyecto de Lenin. Nada más pisar la Estación de Finlandia en Petrogrado, Lenin, en su estilo sobrio, de simplicidad práctica, pero de enorme impacto y poder, capaz de condensar complicados sistemas en accesibles y simples discursos, dio un discurso ante la gente que ahí le esperaban que, como un martillo, afirmaba meridianamente su postura: la revolución no podía quedarse en el producto de Febrero, tenía que ser socialista en su naturaleza, internacional en su encuadre y luchada a través de todo el continente. La estrategia de Lenin tenía dos vertientes: por un lado, en una dimensión política, dar todo el poder y la soberanía a los soviets, arrebatándoselo al gobierno provisional. Por otro lado, insistir en la necesidad de contribuir al proceso -ya en marcha- de maduración de la revolución en un sentido popular, obrero y campesino. Las masas, a la vanguardia del partido, acabaron por dar la razón a Lenin. Tras una insurrección fallida en Julio que llevó de nuevo al exilio o a la cárcel a muchos líderes Bolcheviques, éstos acabaron por ganar la mayoría de los Soviets de Moscú y Petrogrado en Octubre provocando un levantamiento que, sin mayor dificultad, dio el poder a la facción Bolchevique.

En el fondo este dilema es la toma de conciencia de que los procesos revolucionarios, para no disolverse en fragmentos, deben ser organizados activamente. El problema de la organización de la revolución y del partido que la debe organizar es el problema leninista por excelencia. Si Lenin se distancia por completo del terrorismo populista y anarquista ruso del siglo XIX, que era la práctica principal de los movimientos antizaristas, es porque se centraba en objetivos individuales, dejando el sistema intacto y las masas desmovilizadas, y por tanto mostrándose totalmente ineficaz. Lenin, en cambio, creía en la necesidad de orquestar un levantamiento masivo, sin el cual no hay revolución posible. La otra gran diferencia política que marcó la historia del socialismo ruso fue la división del Partido Socialdemócrata en dos facciones: la Menchevique (minoría) y la Bolchevique (mayoría). La diferencia nace de un debate organizativo acerca del estatus del militante del partido y las condiciones de entrada. Grosso modo, Martov, líder de la facción menchevique y gran amigo de Lenin, defendía condiciones más laxas, mientras que el líder bolchevique defendía la idea de un partido de revolucionarios profesionales trabajando entre la clandestinidad y la esfera pública, creando identidades falsas y absolutamente comprometidos al partido. Obviamente este debate se encuadra en los problemas prácticos de hacer política bajo un régimen político despiadado y con una de las redes de policía secreta más desarrolladas del mundo. Pero hemos de decir que los debates organizativos no son triviales ni son nunca distintas alternativas para un mismo fin, sino que el fin perseguido obliga a pensar una organización acorde, así como la organización del partido define el campo de fines posibles que dicho partido puede acometer. El diseño interno del partido no es gratuito y condiciona cuestiones políticas fundamentales.
El arte de organizar una insurrección
El segundo dilema nos redirige a la que creo que es la pregunta fundamental del ensayo de Ali, ¿por qué la insurrección es un arte? La respuesta de Tariq Ali es la siguiente: “porque un levantamiento armado en contra de un Estado capitalista o el ejército colonizador debe ser coreografiado con precisión, especialmente en las fases finales.”. Al igual que un coreógrafo o que un director de orquesta, una insurrección debe organizar y poner en juego una multitud de elementos heterogéneos que persiguen finalidades particulares, pero que en conjunto y bajo la supervisión y guía del ‘director de orquesta’ obtienen un resultado que trasciende los objetivos concretos de cada elemento: en este caso una revolución.

El carácter coreografiado de la insurrección plantea en mi opinión una serie de contradicciones que nacen de la que creo que puede bautizarse como la antinomia de lo ‘uno y lo múltiple’. ¿Cómo lograr poner en harmonía una multitud de agentes políticos y sociales tal que partidos, asociaciones, grupos sociológicos diversos y, en general, las masas en su conjunto, para lograr que su acción coordinada produzca una ruptura política fundamental como una revolución -que significa una transformación radical de los modos de vida de la totalidad-, cuando cada grupo tiene unos intereses particulares que pueden ser no solamente ciegos a determinados intereses más fundamentales, sino que incluso pueden ser contrarios a ellos? Por un lado, pueden subsumirse todas las particularidades a la dirección de un agente privilegiado, sea este el partido vanguardista leninista o el líder populista al estilo de Laclau (creo que el problema de la cadena de demandas equivalentes es la solución laclausiana a este problema). Ahora bien, nos topamos con, al menos, los dos siguientes problemas: este agente privilegiado es tan sólo una suplantación de lo Universal ya que no dejan ni dejarán de ser agentes particulares en el todo social, y que por lo tanto siempre estarán contaminados de particularismo. Este problema lo vivió y analizó el propio Lenin al final de su vida cuando las propias dinámicas del partido Bolchevique fueron desplazando las aspiraciones democráticas radicales de los soviets en beneficio de aspiraciones personales de ciertos líderes y la generación de una burocracia que se convirtió ciega ante el horizonte histórico emancipador del que se suponían que eran los aceleradores o promotores. He aquí el segundo problema: el carácter antidemocrático de esta solución de la antinomia. Como dice el propio Lenin en el texto de 1905 Dos tácticas de la socialdemocracia, citado por Ali, “las revoluciones son el festival de los oprimidos y los explotados. En ningún momento las masas están en una posición como en las revoluciones para dar un paso al frente tan activamente creando un orden social nuevo”. Por tanto, los creadores de un orden nuevo, para que éste sea realmente emancipador, deben ser las masas que son las que deben hacer Historia por sí mismas y apropiarse del poder político. No puede ser que una unidad privilegiada les robe la voz.

Ahora, a diferencia de una orquesta, la revolución no tiene una partitura que leer que ya esté escrita y que necesite de un director para su buena reproducción e interpretación. La partitura de una revolución está siempre en proceso de ser escrita y sometida a todo tipo de modificaciones debido a causas externas, ajenas e imprevistas que obligan constantemente a replantear las tácticas, las estrategias y los objetivos. A lo que se añade la disonancia y diferencia rítmica de cada agente social, su posible incompatibilidad funcional o estructural (¿cómo conjugar el campesinado empobrecido con la pequeña burguesía urbanita? ¿Cómo conjugar cosmovisiones distintas?), y la inmanencia cegadora en la que están inmersos a la hora de perseguir sus intereses particulares (obviando el posible carácter reaccionario de los mismos) imposibilitándoles encuadrar sus objetivos en ese horizonte mayor y políticamente más importante. Por ejemplo, ¿cómo conjugar el movimiento estudiantil que representa una gran variedad de estratos sociales, pero que agota muchas veces su actividad en la lucha contra reformas educativas, que tiene ritmos estructurados por los calendarios académicos, con otras luchas como la lucha en contra del trabajo precario, que está guiado por el ritmo absolutamente fragmentado del mismo y la ausencia de redes de acción sindical tradicionales? ¿Cómo conjugarlas con tantas otras luchas para que se resignifiquen bajo una teleología revolucionaria? ¿Son todas necesarias, o se debe prescindir de algunas?

Lenin era consciente de que los fragmentos no se unen ni se resignifican solos. Puede haber estallidos, revueltas o insurrecciones, pero sólo el artificio activo de personas dedicadas a construir una revolución y a insuflar de esa energía al resto de movimientos es capaz de generar revoluciones victoriosas. Por tanto, no hay horizonte revolucionario sin organización revolucionaria. Sin embargo, la partitura depende casi en su totalidad de lo que sucede a las espaldas de esos grupos. La solución de Lenin se resume en los dos mottos que tanto le gustaba citar, el famoso “audacia, audacia, audacia” de Danton, y el napoleónico “primero actuamos, luego ya veremos”. Estos dos lemas resumen perfectamente la toma de conciencia de que la revolución sólo acontece si se logran domar las condiciones históricas, no desaprovechando las oportunidades adecuadas ni ‘dejando madurar las condiciones’ ad infinitum. O lo que es lo mismo, esto es la toma de conciencia de la absoluta fragilidad y contingencia de que algo así como una revolución tenga lugar y que posteriormente triunfe.

La ausencia de un horizonte o imaginario emancipatorio post-capitalista a día de hoy (piénsese en aquello de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, o lo que Mark Fisher ha llamado realismo capitalista) quizás se deba en gran parte a la inexistencia de organizaciones políticas que lo articulen y construyan. Y en este terreno se encuentra el eterno problema de los proyectos revolucionarios ¿cómo preservar su carácter democrático y horizontal con respecto a las masas que, en definitiva, son los únicos responsables de llevar a cabo esa tarea?
Tercer dilema: crear un Estado socialista tras una guerra civil
El último dilema es el difícil y tardío intento de evitar el fracaso. Tariq Ali dice al respecto: “Lenin sentía que la vieja burocracia zarista habían logrado conquistar a sus camaradas, que había adoptado con bastante facilidad los viejos métodos de gobierno, si no las prácticas culturales, de sus opresores del pasado”. Lenin, inspirado por la mayor experiencia socialista habida hasta la fecha, la Comuna de París de 1871, defendía un nuevo modelo estatal que condujese a la disolución de los aparatos represivos y burocráticos del Estado, esa ‘máquina especial que organiza la violencia para la represión de una clase cualquiera’, así como la superación del parlamentarismo considerado como una suplantación fetichizadora de la democracia. Este modelo tenía una máxima principal: todo el poder para los soviets. Los soviets eran las asambleas donde asistían los representantes de trabajadores y soldados diseñados como una superación de la separación de poderes: todos los cargos tanto de los soviets como de la administración debían poder ser revocados, ningún representante debía tener privilegios políticos, debían poder a su vez repartir justicia y organizar el conjunto de la economía, y tendrían en palabras del Estado y la Revolución, “un poder no compartido con nadie y apoyado directamente en la fuerza armada de las masas”, de manera a ser democrático ‘para los proletarios y desposeídos en general’ y dictatorial de una manera nueva contra la burguesía. En boca de Lenin: 
“la Comuna sustituye el parlamentarismo venal y podrido de la sociedad burguesa por instituciones en las que la libertad de crítica y de examen no degenera en engaño, pues aquí los parlamentarios tienen que trabajar ellos mismos, tienen que ejecutar ellos mismos sus leyes, tienen que comprobar ellos mismos los resultados, tienen que responder directamente ante sus electores. Las instituciones representativas continúan, pero desaparece el parlamentarismo como sistema especial, como división del trabajo legislativo y ejecutivo, como situación privilegiada para los diputados. Sin instituciones representativas no puede concebirse la democracia, ni aun la democracia proletaria” (El Estado y la Revolución, p.72, ed. Planeta de Agostini)
Las masas controlando directamente y exclusivamente, sin más supervisión que la suya, su propio destino. ¿Por qué motivos esta visión del futuro Estado Socialista redactada en agosto y septiembre de 1917 no llegó a verse plasmada en la realidad, y en cambio se generó el poder dual tan característicamente soviético del Partido y el resto de instituciones estatales -en beneficio del primero? ¿Por qué no desapareció la burocracia ni el ejército permanente, las dos patas del estado burgués en opinión de Lenin, y apareció una nueva forma de burocracia vinculada al partido y se desarrollaría la historia de un nuevo estado tan marcado por guerras?

Tal y como dice Lenin en las últimas líneas de El Estado y la Revolución, la redacción de la segunda parte del folleto (dedicada a la experiencia de las revoluciones rusas de 1905 y 1917) habrá que aplazarla seguramente por mucho tiempo; es más agradable y más provechoso vivir la “experiencia de la revolución” que escribir acerca de ella.” Pero la experiencia de la revolución -de todas ellas- es la experiencia de la contrarrevolución. Octubre fue un paseo por el campo en comparación a lo que se avecinaba. La experiencia de la Guerra Civil fue la matriz fundamental del futuro desarrollo de la Unión Soviética. No se puede entender la deriva que tomaron los Bolcheviques y la importancia de la disciplina y ciertas formas autoritarias si uno no tiene en cuenta el asedio brutal de las fuerzas reaccionarias rusas con el apoyo de multitud de potencias extranjeras (incluida, y en especial, la de un Estados Unidos capitaneado por Woodrow Wilson, también fundador de la Sociedad de Naciones, y presentado demasiadas veces como adalid del pacifismo). Ali dice lo siguiente al respecto: “Los tres años de guerra devastadora fueron más determinantes para la forma final que tomaría la revolución que su nacimiento inocente y utópico, moldeándola de tal forma que facilitó su posterior desarrollo estalinista”. El comunismo de guerra y el NEP contribuyeron al proceso de generación de una dictadura de burocracia de partido, fomentando focos de corrupción entre ciertos cuadros, y siendo a su vez una de las causas principales de la prohibición de facciones internas y otros partidos (a pesar de la propuesta de ciertos mencheviques de izquierdas de formar una oposición leal pero que contribuyese a animar el debate y la libertad de discusión).

Bajo estas condiciones se plantea el último dilema de Lenin ¿cómo poner al partido bajo control de las masas y contener la burocracia que se había generado? El sueño de un Estado-Comuna había sido reemplazado por la realidad un Estado-partido que sufría deformaciones burocráticas porque el viejo aparato estatal zarista no había sido destruido. La solución pasaba a esas alturas por poner al partido bajo el riguroso control de las masas. Pero he aquí el problema que identificó Lenin: la insuficiente educación y cultura de la población rusa que dificultaba la generación de un clima político suficientemente maduro para una posible reconversión del proceso en marcha. Así mismo, se adquirió la conciencia de la dificultad técnica de generar un nuevo tipo de Estado. Crear de cero un nuevo tipo de Estado que rompe totalmente con las viejas formas es una tarea que requiere de mucho conocimiento técnico y jurídico. Hacen falta verdaderos ingenieros sociales. Crear un Estado-comuna real que pudiese perdurar era algo que nadie sabía cómo llevar a cabo. Incluso poner al partido bajo control era algo que los propios cuadros no sabían cómo hacer.

 Este dilema no pudo jamás ser resuelto: la muerte llegó quizás demasiado pronto en enero 1924, ¿quién sabe cómo se hubiese desenvuelto la historia del siglo XX si Lenin hubiese vivido diez años más?
El hermano, el amante y el amigo
El libro también explora dimensiones mucho más personales de la vida de Vladimir Ilych Ulyanov. Describe su infancia y explica el rol fundamental que tuvo su hermano mayor -así como su ejecución- en el desarrollo de la personalidad de Lenin. ‘Sascha’, el hermano mayor, participó en un complot para asesinar al zar a finales de la década de los 80, cuando la tradición del terrorismo anarquista seguía viva en el espíritu de la juventud, pero muerta y desarticulada organizativamente tras la destrucción de Naródnaya Volia, la organización que asesinó al zar Alejandro II en marzo 1881. Dada esta ausencia de terrorismo organizado durante casi una década, se generó un enorme vacío de conocimiento provocando que el complot en el que participó Alexander Ulyanov fue demasiado amateur, siendo desmantelado fácilmente. Dos de los conspiradores se chivaron, y Sascha fue arrestado y ejecutado el 8 de mayo de 1887. El hecho fue un verdadero trauma para Lenin hasta el punto de que Tariq Ali llega a aventurar la hipótesis de que la obsesión de Lenin por tener militantes absolutamente comprometidos usando de pseudónimos podría tener origen en la experiencia del chivatazo a su hermano.

Tariq Ali también explora la vida amorosa de Lenin, en especial su gran amor con Inessa Armand, describiendo el carácter sobrio y reservado de la vida sexual y amorosa de Lenin, en medio de un extenso e interesantísimo capítulo dedicado a la cuestión del feminismo tras la revolución. En dicho capítulo se analizan el rol tan fundamental de las mujeres en toda la tradición revolucionaria rusa (desde la alta proporción de mujeres en el terrorismo decimonónico al hecho de que la revolución de Febrero se inicia con una huelga de obreras en la industria textil), así como la despenalización de la homosexualidad, la aprobación del matrimonio civil, del divorcio, la aprobación de la igualdad absoluta de derechos entre hombres y mujeres, la búsqueda de mayores cuotas de representatividad feminina y todos los debates en torno a la familia (se llegaron incluso a explorar nuevas formas arquitectónicas para descentralizar los cuidados y disolver la familia tradicional -mírense los diseños del arquitecto constructivista Moisei Ginzburg), el amor, la libertad sexual y la promiscuidad (piénsese en la famosa ‘teoría del vaso de agua’) tras la revolución de Octubre. De especial relevancia es la reseña de lo que fue un interesantísimo experimento: el Zhenotdel, un departamento del gobierno, liderado exclusivamente por mujeres, cuyo objetivo era dar instrumentos para que las mujeres del campo pudieran emanciparse, así como generar redes que diesen respuesta al verdadero terrorismo patriarcal que surgió en respuesta a la emancipación de las mujeres en marcha. Huelga decir que los primeros enemigos del Zhenotdel se encontraban en la propia dirección del partido. Por desgracia, en los años 30, bajo Stalin, se produce una contrarrevolución sexual que Tariq Ali bautiza como el ‘thermidor sexual’ que puso fin a este proceso y lo revirtió por completo en muchos aspectos.

Por último, el capítulo final recorre la relación de amistad entre Lenin y Martov, su trabajo conjunto durante años en el exilio y en Iskra, pero su paulatino distanciamiento debido a las divisiones faccionales. No obstante, Lenin ya muy enfermo, al enterarse de que Martov también se encontraba al borde de la muerte, pidió obsesivamente verle, y le incluyó en una lista de los revolucionarios de toda la historia a los que había que honrar.

En conclusión, ¿por qué estudiar a Lenin? Citemos las líneas iniciales del libro:
en primer lugar, porque es el centenario de la última gran revolución en Europa. A diferencia de las precedentes, la Revolución de Octubre transformó la política mundial y, en el proceso, rehízo el siglo XX con un asalto frontal al capitalismo y a los imperios, acelerando la descolonización. En segundo lugar, la ideología dominante y las estructuras de poder que ésta defiende son, a día de hoy, tan hostiles a las luchas sociales y de liberación del siglo pasado que una recuperación lo más amplia posible de su memoria histórica y política es ya un acto de resistencia en sí mismo”. 
http://www.sinpermiso.info/ 

Not@s editoriales

Karl Marx & Friedrich Engels: Prólogos a varias ediciones del Manifiesto del Partido Comunista Flacso
'Das Kapital' fully digitized — Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam
Karl Marx: Prólogo a la primera edición alemana de El Capital — El Viejo Topo
Manuel Sacristán: Prólogo de la edición catalana de El Capital — Rebelión
Jaime Ortega Reyna: Marx y Freud en América Latina — AcademiaEdu
Andrea Baldazzini: Note su “Il Mediterraneo” di Fernand Braudel — Pandora
Las ediciones de la obra de Gramsci — Mundo Untref
Reyes Mate: Correspondencia entre Theodor Adorno & Gershom Scholem: razón y mística — ABC
Reseña crítica de 'The Limehouse Golem': caza al asesino, la búsqueda de un psicópata en el Londres de finales del siglo XIX — El Mundo