27/2/16

Roland Barthes, los fantasmas del crítico

Beatriz Vignoli   |   El 12 de noviembre de 2015 hubiera cumplido cien años Roland Barthes, uno de los pensadores más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Tanto en su Francia natal como en el mundo, se le dedicaron publicaciones a modo de homenaje. En Rosario, Nube Negra publicó Roland Barthes, los fantasmas del crítico, recopilación de ensayos editada por Alberto Giordano. El libro se presentó en diciembre en la Universidad Libre. Si bien se trata de una publicación independiente, los trabajos aquí reunidos complementan de algún modo a los artículos incluidos en Seis formas de amar a Barthes (Capital intelectual, 2015), un libro publicado en Buenos Aires, también en conmemoración del centenario del semiólogo. Giordano y Silvio Mattoni participan en ambas compilaciones. La publicada en Rosario también incluye textos de Daniel Link ("Barthes 2015"), Carlos Surghi ("Barthes, o la intimidad como método"), David Fiel ("El nacimiento de la teoría. Roland Barthes y El grado cero de la escritura"), Sandra Contreras ("En torno a la novela barthesiana"), Juan Bautista Ritvo (La idea de novela: dramática del yo escribo), Gonzalo Aguilar ("Un grano de la voz en la garganta profunda. Roland Barthes y el porno"), Sergio Cueto ("La música de Barthes"), Beatriz Sarlo ("Barthes no quiso") y Judith Podlubne ("Del lado de Barthes: Oscar Masotta").

Barthes falleció en 1980, dejando una obra única. La generación formada en esa década lo tomó como horizonte. Fragmentos de un discurso amoroso fue la educación sentimental del estudiantado; los críticos de poesía aún se aferran a su concepto del yo lírico (véase S/Z), mientras que en arte es ya imposible hablar de fotografía sin la divisa "esto ha sido", que él plantea en Cámara lúcida. En el campo intelectual argentino Barthes se ha vuelto invisible a fuerza de estar "demasiado cerca", por citar una frase de otro filósofo melancólico, el alemán Walter Benjamin. Pero nada peor para un intelectual que verse reducido a algunas fórmulas incuestionadas.

Por eso Roland Barthes, los fantasmas del crítico es un libro en el que vale la pena adentrarse. Escrito con gran rigor académico, despliega un prisma que pone en perspectiva un corpus de obra inasible de tan diverso.

Al poder pensar un antes, un después y un afuera de Barthes es cuando se valoran sus aportes. Los autores no sólo analizan zonas conocidas y desconocidas de su producción, no sólo definen con claridad conceptos clave para comprenderlo (como el de "estructuralismo"), sino que se arriesgan a escribir sobre la novela que no escribió o sobre los autores argentinos que no leyó (Borges), o los que los criticaron sin saber leerlo (Carlos Correa) o los que sí lo leyeron (Oscar Masotta). Y hasta se animan a conectarlo con mundos aparentemente distantes (la pornografía en la literatura y el cine, según el revelador trabajo de Aguilar) o, para él, futuros (las redes sociales, en el diario de Facebook que construye Giordano, reactualizando en un nuevo formato su escritura sesgada, efímera y fragmentaria donde el emisor es cambiante).

En el cruce entre crítica literaria y psicoanálisis, los autores despliegan el concepto operativo de "fantasma" para reimaginar una obra que sigue desafiando, desde su carácter fragmentario y no totalizante hasta el sesgo subjetivo como dispositivo crítico: sesgo que Barthes no quiso asimilar a la doxa (ethos que lo acercó a Masotta y lo alejó de Borges), sí ofreciendo vistazos deconstructivistas de un sujeto que no es origen de su discurso: La muerte del autor es en esto un ensayo central.

Y la precisión histórica con que los autores reconstruyen los diálogos entre Barthes y sus contemporáneos permite vislumbrar como grupo de gente lo que alguna vez pareció un panteón de deidades: Jakobson, Foucault, Lacan. No podía faltar el Barthes humano, confesional: el que amó a muchachos, el que no volvió a ser el mismo tras la muerte de su madre.

Una escena recurrente (ver el hermoso, casi novelesco inicio del ensayo por Sandra Contreras) es la de la escritura. La escritura como deseo que imanta, la novela como proyecto irrealizable, la literatura como loco intento de salvar la hiancia insuperable entre lo real y el lenguaje, se resumen en una "escena": la hoja puesta en la máquina de escribir.
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