13/11/15

Karl Marx — Francis Wheen

Jorge Freire   /   Nadie a los dos lados del Rin dejó de sorprenderse cuando Karl Marx, de quien Francis Wheen ha escrito una sugerente biografía, se comprometió con Jenny von Westphalen, una baronesa prusiana de ideas liberales. Ésta no sólo acababa de abandonar a su novio, un noble condecorado y con rentas, sino que encima iba a trabar nupcias con un judío burgués sin oficio ni beneficio. Marx no dejaba de ser un sansirolé que pasaba los días en bata y con el cabello revuelto, engolfado en los textos de Hegel bajo una lámpara de aceite, en lugar de obtener el título de Derecho y buscar un empleo provechoso, como le exigían sus padres. Marx había nacido en Tréveris, la ciudad más antigua de Renania, en una calle que serpenteaba hasta el Mosela. Después de escabullirse del servicio militar exagerando sus problemas respiratorios, cumplió los 18 años en Bonn, entre reyertas y borracheras, y se estableció en Berlín para redactar una tesis que allí resultaba a todas luces impublicable por sus ataques a la religión oficial. Arrancaba así una vida de exilios, controversias políticas e infortunios domésticos.

Media un abismo entre el amante padre de familia de mirada miope e inofensiva -motejado por sus hijas como El Moro, por su tez oscura- y el feroz revolucionario de cabeza leonina, barbas de profeta y expresión autoritaria. Su caballerosidad de gentleman encajaba a duras penas con su tendencia a la bravuconería -retó a duelo al director de un periódico que lo había difamado- y chocaba con su intransigente vehemencia, que le granjeó fama de "dictador democrático". Tampoco su contención en el trato parecía casar con su tendencia a la pirotecnia verbal, los excesos estilísticos y las paradojas -las mismas que garantizaban la extinción del capitalismo por sus propios medios-.

Precisamente, Marx era, para muchos, una paradoja andante. Combinaba los hábitos de un manirroto petit bourgeois, para el que los caprichos se volvían necesidades, con los lances de una vida bohemia. Se palpaba los caudales en la faltriquera entre sudores fríos -su anciana madre seguía preguntándole por qué en lugar de reunir un capital se había dedicado a teorizar sobre él-, e intentaba cuadrar unos gastos domésticos que se destinaban, casi en exclusiva, a mantener su posición social. No cabía escatimar en vestidos de baile o clases de danza, pues era indispensable hacer de sus hijas unas buenas casaderas. Cuando, acogotado por las deudas, quiso empeñar la plata de los antepasados de Jenny, la policía lo tomó por un chamarilero en trapicheos de lance y lo llevó al calabozo. No se le pasaba por la cabeza, sin embargo, buscar un trabajo remunerado. En una contada excepción, se presentó a un puesto de empleado en los ferrocarriles, pero lo rechazaron por su indescifrable letra.
Prometo ser bueno
Al poco de establecerse en Londres, el olor de la ciudad ya se le hacía insoportable. El alcantarillado vertía al Támesis, de donde salía casi todo el suministro de agua, provocando constantes brotes de cólera. Había sido expulsado de Francia por publicar una sátira contra la monarquía. Después, recaló en Bruselas, tras enviar una promesa de buen comportamiento, firmada de puño y letra, en gracia a la que se comprometía a no publicar obras políticas en suelo belga. Sus sospechas de que no tardaría en encontrar nuevos problemas se cumplieron al proclamarse la República Francesa: Leopoldo de Bélgica, viendo arder las barbas y el trono del vecino, cortó por lo sano y dictó unreal decreto con la expulsión inmediata de Marx.

Inasequible al desaliento, trabajaba durante varios días seguidos sin dormir ni cambiarse la ropa, en un escritorio en que se apilaban montañas de manuscritos, juguetes de los niños, trebejos de costura de su mujer y tazas con desportilladuras. Al cabo, hacía la rosca del galgo y se quedaba dormido sobre un manto de ceniza. Si malbarató gran parte de su talento en justas verbales con revisionistas, socaliñones utópicos y personajes de segunda fila -a algunos les dedicó filípicas de 300 páginas; al "señor Vogt", fuese quien fuese, un libro entero-, esto se debió, según su propia confesión, a que el desorden doméstico no le permitía producir una obra de alto gálibo, sino sólo "estercoleros en miniatura".

En una pequeña habitación dormía toda la familia, incluida el ama de llaves, que pronto quedó embarazada. El asunto se mantuvo en sordina hasta que los enemigos de Marx entonaron el acabáramos y, a renglón seguido, corrieron a orear maledicentes rumores. El pequeño Freddy fue dado en adopción a una familia del East End y llegó a ser, andando el tiempo, miembro fundador del partido laborista de Hackney. Tenía cara de judío y el pelo negro y espeso, pero nunca supo quién era su padre.

La familia vivía a duras penas. Marx enviaba a su hijo Edgar, un granuja de seis años con mofletes rubicundos y acento cockney, a espantar a los panaderos y lecheros que se presentaban con sus cuentas impagadas en la covacha de Dean Street. Cuando murió su hija Francisca, no pudieron costear su entierro, igual que no habían podido comprarle una cuna. A orillas del Támesis, los cartistas enarbolaban la bandera del movimiento obrero, en marcha hacia el Parlamento, al tiempo que se derrumbaba el Antiguo Régimen en toda Europa. Era abril de 1848. Rápidamente, Marx echó su cuarto de espadas. Hasta entonces, en el epicentro del "cosmos burgués" que era Inglaterra, el socialismo era poco más que una influencia extranjera dispuesta a conturbar su edénica insularidad, pero ahora las cosas se ponían interesantes. El Gobierno inglés, presa del pánico, sacó de su retiro al duque de Wellington, conspicuo héroe de Waterloo, y así murió el cartismo. Marx cogió un berrinche de proporciones colosales. Los ingleses no sólo eran incapaces de enfrentarse al poder, sino que sus cráneos parecían "especialmente fabricados para las porras de los policías". La miel de la revolución no estaba hecha para el hocico del mostrenco John Bull. Su cuarto hijo nació la noche de un cinco de noviembre, mientras atronaban los fuegos artificiales en recuerdo de Guy Fawkes, y, como homenaje al conspirador que quiso volar el Parlamento, lo llamó Heinrich Guido. Acaso el germen revolucionario se mantuviese latente en generaciones ulteriores.

Creía que no podía haber revolución sin crisis económica. Huroneaba entre periódicos, a la husma de unas malas noticias que no tardaron en aparecer. El algodón daba cosechas exiguas, el mercado de hierro se estancaba, la burbuja financiera podía estallar en breve; hasta una conflagración mundial, al socaire de la guerra de Crimea, entraba en lo posible. Una bandada de pájaros de mal agüero cruzaba el cielo en vuelo rasante, y sólo quedaba felicitarse por ello. El acontecimiento, naturalmente, no llegó, pero eso tampoco desanimó a Marx. Su querencia por la paradoja -ocioso es insistir- le permitía ver en la derrota la semilla de una victoria futura.

Se atrincheró en la sala de lectura del Museo Británico y, después de varios años de gestación, parió un mamotreto de mil doscientas páginas de caligrafía ininteligible. Decía, medio en broma, que "nadie ha escrito sobre el dinero cuando anda tan escaso de él". Llevaba demasiado tiempo azacaneando en la gran obra que, gracias a sus denodados esfuerzos y sus noches en vela, haría tambalear los cimientos del capitalismo. Sin más demoras, se puso a pulir el manuscrito, "limpiando el bebé a lametones tras los largos dolores del parto".

Pero fue el parto de los montes. Las expectativas quedaron en nada. El Capital pasó sin pena ni gloria. Después de dilapidar una herencia amueblando su nueva casa en Hampstead -una ciudad dormitorio sin pavimento ni alumbrado público-, volvieron los problemas económicos. Cuando el casero iba a cobrar las rentas, Marx se encondía en su cubículo. Se veía obligado a sortear acreedores, que de nuevo le pisaban los calcañares, pero el peor golpe llegó un Viernes Santo. El pequeño Edgar, su única alegría en la casa, murió de tuberculosis mientras las campanas tañían a oración.

Cuando Marx abandonó la militancia política aparentaba más de 70 años, aunque sólo tenía cincuenta. Una vida de mala alimentación, tabaquismo y bebida terminó pasándole una deletérea factura. Sabía que sólo había un antídoto eficaz contra el sufrimiento mental: el dolor físico. Durante toda su edad adulta, pechó con dolores de hígado y de muelas, insomnio y ataques psicosomáticos, siendo los más habituales las erupciones de forúnculos en la entrepierna. Según Engels, estas conferían a su prosa un matiz hosco. "En cualquier caso -reponía Marx-, espero que la burguesía recuerde mis forúnculos hasta el día de su extinción. ¡Malditos sean!".

La inopinada muerte de su primogénita Jennychen fue el último golpe que hubo de encajar, pues rindió el alma al poco de conocer la noticia. Sólo once personas asistieron al entierro de Marx en una recoleta zona sin consagrar del cementerio de Highgate. En su oración fúnebre, su leal Engels -que se había ocupado de su manutención durante más de dos décadas-, afirmó que Marx había sido el hombre más odiado de su tiempo. Había visto morir a cuatro de sus hijos y las dos que le sobrevivieron terminaron suicidándose. Únicamente Freddy, el laborista bastardo, llegó a viejo.

Como dice César Rendueles en el prólogo, "la mayor parte de las biografías disponibles son o bien hagiografías muy ideologizadas o bien ataques furibundos". No hay en Wheen rastro del tono laudatorio de las primeras ni del afán injuriante de las segundas. Su Marx no es tanto un mito revolucionario como un escritor con intuiciones filosóficas, con más trazas de crítico cultural que de economista clásico. Nadie busque, por otro lado, respuestas a Siberia, Daxing o Camboya, porque Wheen despacha categóricamente "la creencia de que al árbol se le conoce con sus frutos". Ni siquiera el canto de gallo del internacionalismo marxista obtiene espacio en un libro que, más bien, se ocupa del canto de cisne de Marx, huroneando en lo que se cocía de cancelas para dentro: la tragedia familiar de un personaje humano, demasiado humano.
http://www.elmundo.es/

Not@s editoriales

Karl Marx & Friedrich Engels: Prólogos a varias ediciones del Manifiesto del Partido Comunista Flacso
'Das Kapital' fully digitized — Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam
Karl Marx: Prólogo a la primera edición alemana de El Capital — El Viejo Topo
Manuel Sacristán: Prólogo de la edición catalana de El Capital — Rebelión
Jaime Ortega Reyna: Marx y Freud en América Latina — AcademiaEdu
Andrea Baldazzini: Note su “Il Mediterraneo” di Fernand Braudel — Pandora
Las ediciones de la obra de Gramsci — Mundo Untref
Reyes Mate: Correspondencia entre Theodor Adorno & Gershom Scholem: razón y mística — ABC
Reseña crítica de 'The Limehouse Golem': caza al asesino, la búsqueda de un psicópata en el Londres de finales del siglo XIX — El Mundo