15/3/15

La Biblioteca de Gilles Deleuze

Se cumplen veinte años de la desaparición de uno de los filósofos más influyentes de la contemporaneidad y su legado sigue interrogándonos
A propósito de Deleuze – José Luis Pardo. Pre-Textos. Valencia, 2015. 388 págs.
La casa y el cosmos – Simone Borghi. Cactus, 128 págs.
El poder: Curso sobre Foucault – Gilles Deleuze. Cactus, 416 págs.
Alfonso Crespo   |   Los libros de Deleuze o en torno a Deleuze siempre acogen un suculento suplemento, el que brinda su famosa heterodoxia a la hora de rescatar o producir conceptos que pudieran pensar al hombre contemporáneo; la que promueve una filosofía que encontraba en el arte (en la pintura, la música, la literatura y el cine principalmente) el complemento perfecto en la transmisión de nuevos modelos de subjetividad, en la apuesta por otros modos de pensar, sentir y desear.

Así, como advierte José Luis Pardo en su A propósito de Deleuze -que viene a completar la "presentación" del año pasado, El cuerpo sin órganos (también en Pre-Textos), más orientada a las implicaciones políticas de su pensamiento-, la nueva filosofía que inaugurara Deleuze (incluso en su renovada manera de escribir libros, como ejemplifica la aventura con Guattari en El anti-Edipo o Mil Mesetas) ha acabado invitando a parecidos actos de profanación jubilosa que los que el francés llevara a cabo sobre el legado de Spinoza, Hume, Nietzsche o Foucault. Bajo uno de sus preceptos favoritos, el de que ningún gran filósofo se equivoca, y que por lo tanto sus sistemas o anti-sistemas están ahí para que uno tome lo que necesite, la compleja e influyente obra deleuzeana lleva tiempo alimentando a las huestes de la transversalidad, no pocas veces más interesadas en utilizar sus conceptos a modo de paraguas tapa-goteras que en comprender y asumir la vitalidad de los mismos, su funcionamiento y provocadores efectos.

A la arqueología e implicaciones de su manera de pensar se dedica Pardo en este volumen que recupera su tesis doctoral sobre Deleuze, Violentar el pensamiento, y reúne otros textos de diversa procedencia que cubren la extensa biografía intelectual del pensador. La familiaridad con su filosofía, fruto de un verdadero apasionamiento -que no es ciego ni oculta su desavenencia con algunas claves de la reflexión política de Deleuze alrededor de Mayo del 68, o la crítica a la triste desembocadura del ideario revolucionario de la diferencia en la parálisis inmovilista de lo "políticamente correcto"-, así como su propia experiencia como creador y madurador de conceptos, hacen de estas páginas una inmejorable introducción al corpus del filósofo, un minucioso y clarificador repaso a lo que la irrupción y consolidación de Deleuze supuso en lo que respecta a una nueva mirada (un verdadero giro) a la historia de la filosofía y a la paulatina constitución de un particular sistema de pensamiento. Lo más apasionante del libro, sin embargo, es cuando Pardo responde creativamente a la tarea de hacer inteligible una filosofía difícil, caracterizada precisamente por el abandono de la representación y por el señalamiento de las fuerzas pre-subjetivas y pre-orgánicas que siguen a la disolución del yo, pura expresividad inconsciente de la diferencia. Y lo lleva a cabo en varios momentos del libro, el más sobresaliente cuando se hace pasar por el Francis Bacon que hubiera respondido con una carta al ensayo que Deleuze realizara sobre su pintura, Lógica de la sensación. Con sabiduría, tanteando entre incrédulo y divertido, este ilustre alter ego baja a la tierra toda la reflexión deleuzeana sobre la necesidad de trascender el ojo perceptivo e imperativo (el de los clichés) en busca de una pintura sensitiva y no narrativa (se narra el horror; pero lo que es preciso pintar es el grito) que deshace lo óptico mediante gestos que presentan la sensación, un antes de lo visible, el devenir sentido de lo invisible.

Las otras dos novedades sobre el filósofo las sirve Cactus, editorial argentina especializada en Deleuze y en las fuentes de su pensamiento. La primera es la continuación del curso que el filósofo francés dedicó en 1986 a su cómplice Foucault y que en esta ocasión parte de la noción de poder. Como en sus libros sobre otros filósofos, el curso se desarrolla como un delicado parto de conceptos -aquí las nociones de "diagrama" y "estrategia", como complementarias y opuestas a las de "archivo" y "estrato", correspondientes al eje del saber- punteado por sugerentes fugas que suponen una auténtica apropiación del legado foucaultiano, de modo que, al explicarlo, lo va incorporando a su propia filosofía, revelando la compenetración y, lo más valioso, un característico empuje optimista a la hora de desarrollar, continuar y aplicar lo que en Foucault quedó apuntado o, simplemente, enigmático. En este sentido, resulta apasionante, junto a la habitual digresión sobre el cine de Syberberg, Duras o Godard, el acercamiento a la literatura moderna a partir de la noción foucaultiana de la "muerte del hombre": una simple manera de decir que el mundo era otro una vez que el ser humano se había enfrentado a las fuerzas de la finitud en la vida, el trabajo y el lenguaje. Esta literatura (de Kafka, Joyce, Roussel o Burroughs), extrae Deleuze, no es el correlato de la lingüística, ciencia de la dispersión de las lenguas, sino su compensación, su contragolpe, un llevar al lenguaje al afuera, a su límite. Celebrar sencillamente que "hay lenguaje" y experimentar su tendencia a la mudez, a la afasia, al tartamudeo.

Finalmente, unas líneas para la segunda novedad de Cactus, La casa y el cosmos de la italiana Simone Borghi, un libro delicado que lleva a la práctica, a la escritura, la idea deleuzeana de que la filosofía se ayuda del arte para pensar la diferencia, la fuerza y la intensidad. De lo que aquí se ocupa Borghi, a partir de biólogos, zoólogos (von Uexküll, Lorenz), y de dos grandes compositores contemporáneos (Messiaen y Boulez), es de aclarar la importancia de la música en el pensamiento de Deleuze y Guattari. El concepto de ritornelo, desdoblado en lo que regresa, lo que orienta (la noción de casa o territorio arrancado al caos), pero también en lo que "nos fuga", lo que nos saca hacia lo liso (el cosmos, las fuerzas de desterritorialización), se antoja clave, entonces, a la hora de comprender la diferencia como esa fuerza que se camufla en la repetición, que se alía con ella. La representación no puede dar cuenta de todo esto, de ahí la aventura de la música contemporánea, que consolida un material en la búsqueda de una manera de captar las fuerzas no sonoras, no visibles, no pensables. Es decir, de nuevo lo que no se comprende, pero se siente.
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