26/12/14

José Pablo Feinmann y los relatos de Bongo, su nuevo libro

Silvina Friera     La memoria es una cajita de cristal demasiado frágil. La muerte fue, desde el inicio, el tema de su vida. Los balbuceos literarios de un niño se perdieron cuando el adolescente que fue se desprendió de todas las páginas que había escrito por el afán de ser un hombre y dejar atrás esa instancia pueril. En Bongo. Infancia en Belgrano R y otros cuentos y nouvelles (Planeta), José Pablo Feinmann entrega otro inaudito ladrillo en la pared de una obra de ficción descomunal y expande la circunstancia mítica en la que se pone en marcha su propio destino. En las páginas protagonizadas por Bongo, ese perro “invencible” que les caía bien a todos, que le debe su nombre a un personaje de Disney que anda en una especie de bicicleta de una sola rueda y sin manubrio, un perro negro, petiso, de “raza indefinida”, con alma de vagabundo, simpático, movedizo y juguetón, está el momento en que “Josecito” termina de escribir un cuento de vaqueros y siente, por primera vez, la inenarrable felicidad de ser un escritor.
“Este es mi bunker, mi lugar en la vida”, dice Feinmann en el cuarto donde escribe. 

Apoya las manos en las rodillas y estira las piernas para aflojar las tensiones de un cuerpo escribiente compulsivo. De pronto se acuerda que tiene una foto de Bongo y se va del “bunker” hasta el living para pedirle a su mujer, María Julia Bertotto, que la busque. Koshka, uno de sus gatos persas asaltado por la curiosidad, sale corriendo tras los pasos del escritor. La foto no aparece. Habrá que hurgar y revolver un poco más. El escritor y filósofo regresa sorprendido porque Koshka lo acompañó en esa ínfima caminata: “Yo no soy muy cariñoso con él, acá no quiero que entre, me llena todo de pelos”. Como si hubiera escuchado la queja, Koshka, un gato negro de doce años que cuando respira hace un ruido parecido a una estufa de gas un tanto averiada, se queda en el comedor junto a Buñuelo, el otro gato persa, blanco con manchas naranja. Un día Carlos Gorostiza le preguntó: “¿No se te da por revisar la infancia?”.

–No –respondió José Pablo.

–Ya te va a llegar el momento –le auguró Gorostiza.

“Me volví muy sentimental con el pasado y con la infancia”, cuenta el escritor a Página/12. “Yo tuve una infancia feliz, algo que es raro. Bongo apareció intempestivamente en una contratapa del diario que se llama ‘Veraneos en San Clemente’. San Clemente fue un tiempo maravilloso porque estábamos todos: estaban papá, mamá, Enrique, mi hermano; Lucio, mi primo; el Nash, el auto de mi viejo. Y hasta el Bongo estaba. Cuando terminé ese texto me sentí muy emocionado porque me di cuenta de que ellos ya no están. La vida tiene eso de terrible, no sólo que uno se va a morir, sino que ves cómo la muerte te acompaña. Mi papá me tuvo a los cincuenta años, en realidad mi abuelo fue mi papá; cuando escribí ese texto sobre Bongo no estaba ninguno de ellos. Mi hermano murió joven. Mi mamá se murió de un modo especial porque tenía 107 años cuando murió, pero desde los 104 no me reconocía, que es una forma de irse. Mi hermano me llevaba nueve años y sus amigos eran mayores que yo. Fue un aprendizaje ser amigo de los amigos de mi hermano, que eran bastante tontos. A los 9 años no me paraba nadie, era un chico en la playa que se subía a los caballos y galopaba. En la mirada del hombre grande esa infancia se vuelve inmensa.”

Bongo es un libro estructurado en tres partes. La primera tiene 19 cuentos muy diversos y comienza con toda la carne en el asador, con uno de los mejores relatos, “El señor Saldívar”, la reconstrucción de los caracteres de un enigmático señor –el Saldívar del título–, para algunos “antipático”, para otros “endemoniado”, pero también “elegante, pomposo, ostentador”, que intenta hacer el señor Luna al llegar a Coronel Linares. Este relato tiene un efecto sorpresa. “El señor Luna se dijo que todos habían sido amables y abiertos con él. Sólo él les había ocultado algo. Pero el hecho no lo atormentó. No había mentido. No había falseado ninguna verdad. Reservarse algo para sí no es mentir. Es sólo no decir algo.” Queda una oración más que no será citada para no arruinar el impacto que genera la revelación que se produce literalmente en el final. En “Dieguito” la desmesura de Feinmann supera los límites imaginados con un chico de doce años, Dieguito, que vive en San Isidro, y llega a tener en sus manos la cabeza ensangrentada de Diego Armando Maradona, que le dice: “Salvame, pibe. No quiero morirme antes que Messi”.

Hay relatos de vampiros “tangueros” con colmillos “plateados por la luna”, como “Aníbal Torres y su bandoneón regresan de la muerte”. También se despliega la variante de terror gótico en “La habitación Nº 10”; o “el que habla, no muere”, estribillo memorable del relato policial “K, nunca robaremos un diamante en Tiffany’s”. El mejor de esta serie quizá sea “Perón muere”. La segunda parte del libro está configurada en torno de la docena de cuentos que protagoniza Bongo, un perro-personaje destinado a perdurar en la memoria de la literatura argentina. La tercera parte incluye dos nouvelles: “Un diamante para el Don” y “Grandeza y decadencia de Roque, el pizzero”.

Feinmann confiesa que necesitó escribir estos cuentos para “tapar la locura que sentía” cuando su programa El carnaval del mundo dejó de emitirse por radio Madre. “Si caigo en la depresión, me tiro acá y no me levanto por días... Yo no puedo dejar de escribir ficción. Los lectores siempre me preguntan: ‘¿para cuándo el próximo ladrillo?’.”
– ¿En qué tipo de literatura se inspiró para escribir los cuentos de Bongo?
–Me inspiré en Jerry de las islas, Miguel hermano de Jerry, Colmillo blanco y El llamado de la selva, de Jack London, cuatro libros sobre lobos que fueron muy poderosos para mí. Bongo era un perro muy especial de raza indefinida. Yo le acariciaba la cabeza y viera qué bonito que era... Pero también una vez fue feroz conmigo. Nosotros vivíamos en un lindo chalet en Echeverría y Estomba, que le había quedado a mi viejo de la época en que había sido médico. Teníamos una estufa de antracita y Bongo se tiraba en el invierno panza arriba a dormir. Yo tendría cuatro o cinco años y le pegué: pum, “arriba Bongo”, le grité. Entonces dio una vuelta en el aire y me clavó los dientes acá (señala el pómulo y el labio).
– ¡Imposible no estar a favor de Bongo, por qué molestarlo con tanta saña!
–Sí, ¡qué bestia que era! (risas). Yo lo desafiaba, le sacaba la comida, unos bifachos bárbaros, y viera la carita que ponía... después se la devolvía... Hace unos días me tomé un taxi y cuando el taxista tomó por Olazábal y le conté que ése era mi barrio, le pedí que siguiera por Olazábal y doblara por Estomba. Y llegamos a Estomba y Echeverría y estaba la casa, que ya la había visitado. El dueño es un arquitecto que la conservó tal cual y la mejoró. Siempre me emociona mirar el barrio. Jugábamos a la pelota en la calle, a las figuritas, a los autitos. Bongo desaparecía y volvía a la noche. Sueño mucho con esa casa de Belgrano R. Mis sueños son terriblemente explícitos. Siempre que me siento perdido, termino buscando la casa de mi infancia.
–Da la impresión de que en los cuentos que integran Bongo, en los que el protagonista es el perro, aparece el origen de su escritura. Que ya hay un chico escribiendo, ¿no? Muchas veces se empieza a escribir antes de escribir. Hay un principio sentimental ahí.
–Sí, tiene razón: Bongo y yo éramos una pareja literaria (risas). Hasta tengo más cuentos planeados con Bongo. Uno es “Papá se divorcia”. Mi viejo, que era muy loco, un día pegó un portazo y le gritó a mi vieja: “En media hora me voy a divorciar de vos”. Y se fue. Yo era chiquito y me agarró un miedo... y como me sentía escritor le escribí un poema malísimo a mi viejo. Era tan malo como esos poemas que empiezan con una frase. El mío empezaba: “No, papá, no lo hagas” (risas). El viejo iba a una cantina muy linda en Federico Lacroze, que se llamaba Giovanni, y Bongo lo acompañaba. Y yo lo fui a buscar para leerle el poema.
–Ese miedo aparece en los cuentos. El protagonista es un chico muy feliz, pero asediado por el temor a la muerte.
–Sí, claro. El viejo me tuvo a los 50 años y tenía 60 años en el ’53, cuando transcurren algunos cuentos de Bongo. Mi viejo fue un padre abuelo, a veces le decían: “Qué lindo su nietito”. Yo crecí temiendo la muerte de mi viejo. Y así empieza La astucia de la razón, y ahí transcribo una cosa que mi viejo me decía: “Mientras seas chico, yo no me voy a morir”. En La astucia de la razón pongo que el psicoanalista le dice: “Su padre lo condenó a asesinar, mientras usted crecía lo iba matando, para usted crecer era matarlo”. Algo de eso debe de haber existido. Mi viejo me dijo eso para tranquilizarme, pero mi miedo lo tradujo de otra manera: cuanto más crezco, más cerca está de morirse el viejo. Yo nací para escribir y en ese aspecto mi vida fue muy sencilla: escribí toda mi vida. Mi amigo desde hace 24 años, el psiquiatra Julio Moisesovich, me dijo que pude haber pasado mi vida sin neurosis, pero el golpe del cáncer que tuve y el miedo a la muerte me disparó algo que estaba tapado. Fue sencillamente una neurosis obsesiva compulsiva lo que tuve. Y sufrí mucho y me volví muy cínico. Cuando mi hija Virginia se recibió de bachiller en el secundario, le dije: “Hijita, querida, ahora la vida te extiende un largo camino en el que te vas a hacer mierda”.
–Qué lindo regalito, qué padre más simpático.
–Virginia me lo recuerda siempre (risas). Pero es cierto. No hay sabiduría sin quiebre, si seguimos a Hegel. Todos nos quebramos y aprendemos y salimos. Se lo dije porque me había pasado a mí. Yo era un pibe que creía que era una saeta lanzada al futuro; el mundo se había hecho para mí, estaba con la Jotapé en Filosofía y yo era profesor de la JUP, Juventud Universitaria Peronista. A los 30 años me iban a nombrar decano de Humanidades en La Plata. Hasta que vino el gran golpe y nos rompimos la cabeza contra la realidad.
– ¿El cuento “Perón muere” condensa cómo vivió usted la muerte de Perón?
–Sí. Me gusta mucho ese cuento político de amor y de muerte. La escena del bar, la que menos van a creer los lectores, es verdadera. Yo estaba en un hotel al que iba siempre en Córdoba y el tren salía a la noche. Rosa, la decana de la Universidad de Córdoba, me dijo: “Andate, porque hoy el ERP toma Córdoba”. Yo pensé que estaba loca. Bajé al bar, que estaba iluminado por la vitrina con las botellas; era como un set de filmación con un tipo en la barra que tomaba un whisky. “¿Qué me dice, don Tomás?”, preguntó el que tomaba el whisky. “Que no hay Dios. Eso le digo.” El viaje en tren estuvo copado por la juventud sindical peronista, por la derecha peronista. Y el burgués encerrado en su camarote también existió. No quería salir a comer y estaba muerto de miedo. Perón muere para todos nosotros y es un día terrible. Ese cuento lo escribí en la serie de Peronismo. Filosofía política de una persistencia argentina, que después se publicó en dos tomos, para mostrar que esos tomos son literatura. Y que ese libro es como mi Facundo.
– ¿Por qué el peronismo es tan literario?
–El peronismo es nuestra desgracia o nuestra gloria. Es nuestra tragedia también, es el movimiento de un líder que nunca terminás de saber qué mierda fue y cómo definirlo. El peronismo es el único partido político con el que se puede hacer literatura. En el segundo tomo de Peronismo..., sólo el año ’73 tiene 500 páginas. No sé si en algún momento no saco esas 500 páginas, les pongo El ’73 y las publico como un libro aparte. Todo lo que sé de política lo aprendí en el ’73, porque discutimos tanto; los cuadros Montoneros tenían tipos muy capaces y con ellos me puse a discutir el asesinato de (José Ignacio) Rucci. Yo nunca estuve en la lucha armada, pero queríamos que la Jotapé avanzara y la desgracia de la Jotapé era que estaba enamorada de las armas y de la muerte constante. Muere el líder y los jóvenes que lo siguen quedan huérfanos. Antes de que muera el líder, Perón está dando una conferencia de prensa y una periodista, Ana Guzzetti, le pregunta por los escuadrones de la muerte de la Triple A y en lugar de contestarle dice: “Tome los datos de la señorita”.
– Esa respuesta de Perón amerita un cuento de terror...
–Hay cosas que son de terror en serio. Perón podía hacer esas cosas y no le pasaba nada. Pero del otro lado tenías a (Mario) Firmenich, que estaba mucho más loco. Hay que mirar con piedad esa etapa tremendamente literaria... “Vea, vea, vea, qué cosa más bonita, Ortega dio la vida por la patria socialista”...
– No dio la vida Rodolfo Ortega Peña, fue asesinado.
–Una de las cosas que más discutía era la frase: “El momento más alto en la vida de un militante es cuando da su vida”. El momento más alto de la vida de un militante es cuando está viviendo para militar, para trabajar por sus ideas. Ese ejemplo sirvió para el Che, que logra la gloria. Pero ya no sirve más, porque si no tenemos la historia de siempre: de un lado tenemos los que tienen estatuas y del otro los que tienen tumbas. La izquierda tiene esta cosa del enamoramiento con la muerte, de creer que el martirologio es el más alto momento de la militancia. Al contrario: es la derrota; somos un movimiento con muchos mártires y ninguna victoria. Y la derecha puede decir que siempre gana porque tienen héroes que supieron matar. Esta diferencia puede ser un engranaje posible para estudiar la historia argentina: los que más matan, más ganan.



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