1/8/14

Rens Bod | Nueva Historia de las Humanidades

Sir Noel Malcolm  |  Para aquellos de nosotros que trabajamos en “las humanidades,” quizá sea una fuente de vergüenza intelectual no tener una definición clara y precisa sobre lo que son las humanidades. Sabemos que no son las ciencias naturales, y creemos que difieren de las “ciencias sociales” – aunque en este último caso el límite preciso es a menudo difícil de localizar. Se puede intentar caracterizar las humanidades en términos de su materia, su método, o simplemente su historia en la práctica educativa; pero ninguno de ellos produce un resultado que no sea problemático. 
 
La mayoría de quienes trabajan en las humanidades seguramente se alinearían con esta opinión [la distinción viconiana]. Pero a la vez
apreciarán que no puede generar un esquema viable de las “humanidades”, tal como ahora usamos el término. Vico pretendía  una “nueva ciencia”, una mezcla de la filología y filosofía, que incluiría, entre otras cosas, antropología social, ciencias políticas y derecho. Las ciencias humanas de Dilthey abarcaban todas las ciencias sociales; en el siglo transcurrido desde su muerte, su argumento puede haber sido alentado por el pequeño y potente libro de Peter Winch, The Idea of a Social Science (1958) [Ciencia social y filosofía], pero la práctica académica ha mantenido y fortalecido la brecha entre las ciencias sociales y las humanidades. Y hay otros problemas también, tales como la cuestión de dónde colocar la teología. Cuando la gente generalmente cree que la teología enseña la forma más alta de verdad objetiva, debería haber pocas razones, viconianas o no, para tratarla como par de las ramas “humanas” del conocimiento. En algunas universidades históricas,  y en las de digno religioso, todavía se mantiene un estatus institucional separado. Pero poco a poco uno siente que, empaquetada en algo llamado “estudios religiosos”, la teología afortunadamente va encontravdo un pequeño agujero por el que deslizarse dentro de las humanidades.  

El estudioso holandés Rens Bod ha encontrado una manera más simple de cortar este nudo gordiano de problemas clasificatorios. En la introducción a su A New History of the Humanities adopta lo que él llama una definición pragmática: “las humanidades son las disciplinas que se imparten y se estudian en las facultades de humanidades”. Señala que en “algunos países la teología y la filosofía se enseñan en las facultades de humanidades, mientras que en otros cuentan con facultades separadas”; ese simple hecho basta para justificar su exclusión de este libro. 

Sin embargo, nadie podrá acusar a Bod de holgazán. Lo que queda, tras su expulsión de la filosofía y de la teología, se compone de ocho campos enteros de investigación: la lingüística, la historia, la filología (en el normal sentido, textual), la musicología, la teoría del arte, la lógica, la retórica y el estudio de la literatura. Su tratamiento comienza con la evidencia más temprana que sobrevive de la antigüedad, pasando por la historia de la civilización hasta el presente. Y  “civilización” aquí no significa “Civilización occidental”. En cada etapa, se encarga de discutir sobre lo escrito y pensado en la India, China y el mundo árabe/islámico. Es una empresa extraordinariamente ambiciosa, lo que hace que su título suene peculiarmente modesto. Lo que Bod ha escrito no es sólo una “nueva” historia. Es la primera historia de su clase. 

Por supuesto, un libro de 400 páginas no puede pretender ofrecer un  recorrido comprensivo de toda la cordillera de asuntos tratados. Seleccionar es un bien escaso, y Bod tiene dos métodos principales para adelgazar su material. El primero (como se mencionó) es ignorar algunas áreas de amplio -sobre todo, la filosofía-, con el argumento de que la actual clasificación institucional de las humanidades no las incluye necesariamente. (…) Su segundo método consiste en centrar su análisis en algunos aspectos particulares del tema tratado. Ello porque, como expone, su objetivo no es resumir todo tipo de escritura en  humanidades, sino más bien centrarse en la búsqueda de “patrones” en los estudiosos pasados (regularidades, reglas o leyes), y en los principios metodológicos que desarrollaron en sus intentos de encontrarlos.

Poco a poco, el lector se entera de que hay una tensión entre esos dos enfoques, y de que cada vez que entran en conflicto es el segundo el que gana. Parece que la búsqueda de reglas y regularidades es, para Bod, la característica central del trabajo en las humanidades, y que en torno a ello se ha configurado su noción de qué partes de las humanidades deberían investigarse y destacarse. Si la filosofía es excluida por motivos institucionales modernos, ¿eso conlleva la exclusión de la lógica, que en la actualidad normalmente se estudia como una rama de la filosofía? Sin embargo, Bod privilegia la lógica como una de las ocho áreas de estudio especiales de este libro. Si nuestra definición de las humanidades es la que puede extraerse de la mera práctica actual, ¿qué espacio debe darse a la retórica -una disciplina que, como escribe el propio Bod, ha experimentado una “curiosa desaparición” en los tiempos modernos? De lo cual se deriva otro tema central. Cuando declara que la retórica y la lógica fueron centrales en “el curriculum clásico durante muchos siglos en Europa”, es cietto lo que dice, pero igualmente irrelevante a la luz de su enfoque definitorio presentista; al fin y al cabo, excluye a otros componentes de las viejas “artes liberales”: como la aritmética, mientras incluye cosas tales como la teoría del arte,  que en el curriculum clásico no tenía lugar.

Es difícil escapar a la conclusión de que la lógica ha sido incluida porque los lógicos están obligados a generar patrones y reglas, cosa que no ocurre con metafísicos o epistemólogos. Del mismo modo, queda mucho trabajo clásico en el campo de la retórica consistente en intentos de desarrollar sistemas formales de reglas para los argumentos persuasivos; así que esto, también, es agua para el molino de Bod. En cuanto al estudio de las artes visuales y al estudio de la literatura se refiere, la práctica actual no se fija especialmente en extraer reglas y patrones de ellas (… ); pero la ventaja para Bod de proyectar  esas disciplinas académicas hacia el pasado, cuando no formaban parte de ningún currículo formal, es que los textos que pueden ser retrospectivamente asignados a ellas fueron a menudo tratados normativos dedicados a la formulación de reglas. En cuanto a la lingüística, que ocupa un lugar muy prominente en el recorrido de Bod, cabe decir que, puesto que el lenguaje humano es una actividad gobernada por reglas, es el area menos sorprendente en la que encontrar el quod  que, para este autor, erat demonstrandum. (Lo único sorprendente es que, como él mismo señala, a veces hay lingüistas discrepantes para quienes el lenguaje no puede reducirse a leyes). 

Para Bod, la cuestión de si los escritores de las humanidades alcanzaron conclusiones que fueron descriptivas o prescriptivas es algo de segundo nivel. Piensa que hubo un cambio general de lo primero a lo segundo en la antigüedad, con una vuelta a lo meramente descriptivo en la edad moderna temprana. Tal vez en lingüística la distinción entre describir un uso y prescribirlo puede no suponer una diferencia fundamental para la obra analítica tratada. Pero un historiador que examina la historia humana esencialmente para extraer ejemplos morales o la evidencia del juicio de Dios sobre el pecado, está operando con un marco normativo que afecta a toda la naturaleza de la investigación; esto ya no es solo una empresa “empírica” de la clase que Bod, a partir de la práctica actual, da por sentada. 

Copyright © The Times Literary Supplement Limited 2011
Traducción del inglés por Anaclet Pons



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