21/7/14

La conciencia en la potencia de lo posible

Santiago N. Ibarra   |   ¿Cómo pensar la búsqueda de la dignidad del hombre en la hostilidad del dominio ilimitado y totalizante de los actores del mercado? ¿Dónde buscar las señales abstractas para convertir lo incierto y envilecido en porvenir venturoso? Cumplidos en 2007 los doscientos años de la publicación de al Fenomenología del Espíritu, el filósofo e investigador de la Universidad de Buenos Aires Rubén Dri se interroga sobre la obra hegeliana que, si describió el mundo abierto con la Revolución Francesa, también contendría valiosos mensajes para los pueblos latinoamericanos en sus esfuerzos por desprenderse del yugo neoliberal y construir un orden social justo. 

En un primer lugar, se recuerda con claridad el complejo proceso del origen de la autoconciencia del sujeto, que librado a su exclusiva soledad, halla en una primigenia realización de su conciencia un camino hacia una verdad que se esfume y lo introduce en un
ámbito de desesperación (Capítulo 1. “La Fenomenología del espíritu o la odisea del sujeto”). No es sino a través de este hecho negativo, de que el objeto corresponda al concepto (y el objeto al sujeto) que se conformará la totalidad dialéctica sujeto-objeto, sin explicarse aún que el objeto forma parte de un momento de aquél. Para su asombro, más tarde entenderá que no hay mediación frente al objeto, siendo interior y exterior apenas dos momentos de una totalidad. “Nada hay detrás del telón” (p. 21).

Comienza así la “dialéctica de la autoconciencia” y entrada a la comprensión del mundo de la vida. Es aquí donde se distinguen por primera vez dos clases de deseos: el animal, que concibe la satisfacción de alimentos y el deseo sexual, y el humano, dado en la realización de la autoconciencia en el reconocimiento (Annerkeaung). Asistimos entonces al encuentro con el espíritu, donde “el yo es el nosotros y el nosotros, el yo”. La realización del sujeto implica la relación sujeto a sujeto, autoconciencia a autoconciencia, enfrentamiento del cual se deriva la muerte, reducción a objeto, e inicio de un camino de angustia, servicio y trabajo formativos, hasta lograr finalmente su libertad. 

Pero esta libertad inicial, negativa, ceñida al pensamiento, es punto de partida de una mentalidad estoica; seguidamente, la tentativa de liberación, siendo fallida, constituye un momento de escepticismo. El sufrimiento de la conciencia es el señalamiento de un nuevo proceso de aparición de interrogantes, que da lugar a la conciencia devota y la contemplación fervorosa. Deseo y trabajo no son suyos, sino atribuidos a Dios. Reducido a objeto, no es sino negando está razón en negativo que emergerá la razón en positivo, siendo el paso histórico del feudalismo al Renacimiento. Constituido en “razón observante”, el sujeto parte hacia la exploración del mundo, insuficiencia lo dirige hacia el hallazgo del reino de la ética, encuentro dialéctico de universal y particular, de individuo y Estado. Al final de esta travesía, “sabe orientarse en el mundo, ha encontrado el sentido, la orientación de su saber hacerse” (p. 41). 

El universal exige el universal cuando se pretende que el particular sea la realización del universal, se produce el infinito malo y luego una desesperada decepción (Capítulo 2. “El individualismo en la Fenomenología del espíritu”). Ante el deslumbramiento del incipiente acceso a la razón, el sujeto naciente comete dos errores: los intentos de encontrarse en los objetos primero, y en la contemplación después. Cuando la autoconciencia sale de la sustancia ética, el espíritu encuentra su realización  en el reconocimiento por otro sujeto. 

Surgen entonces las formas de concreción. La salida epicúrea o realización a través del placer es la confusión entre dicha y realización. Esta frustración lleva al sujeto a intentar realización en el sentimiento. El universal aparece como ley que es una con la autoconciencia, siéndolo ley del corazón. Adquiriendo toda la profundidad del sujeto al plantearse como intersubjetiva, su error fundamental consiste en que no se despega de la inmediatez: siendo violenta, “siempre será un aplastamiento de las individualidades” (p. 49).

En la salida virtuosa pretende suprimir la tensión entre universal y particular, sacrificando el particular. El universal se expresa como ley, el particular en la individualidad y el curso del mundo, La realidad (Wirklichkeit) no es la abstracción sino el movimiento dialéctico y la individuales es la conciencia por medio de la cual lo-que-es-en-sí es también para otro. Otro canino individual es el encierro en los sentidos, retiro escogido en consecuencia de la crítica hacia su obra, constituida extensión de su creador. “A la conciencia falaz expresada por la comedia, le sigue sin solución  de continuidad la conciencia desgraciada”. (p. 53).

Cabe a Hegel, en tanto filósofo de la Modernidad, reconoce la universalización operada el sistema social, político y económico (Capítulo 3. “Hegel, la dignidad del sujeto”). Es también el momento de rompimiento del sujeto respecto de la totalidad de orgánicas (familia extendida, tribu, etnia, etc.), siendo el momento de dialéctica entre el universal y el particular en que se plasmará la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. El sujeto deviene el movimiento en que el universal, pasando por la particularización, se realiza como universal concreto. Asiste entonces a su propia creación. La realización, en el encuentro intersubjetivo, y siendo parte de nadie el universal, en él radica la dignidad.

Otro aspecto considerado es la dignidad del sujeto en el reconocimiento y la autocreación. La relación desigual entre dos sujetos no es estática ni irreversible: s e moviliza a través de la lucha por el reconocimiento. Dri corrige aquí a Hegel en torno a la aparición de la “plebe”, considerándola un efecto (y no una causa) del problema de la concentración de la riqueza. Condicionamiento del desarrollo del hombre moderno, el fenómeno de polarización entre desocupación y concentración conlleva a la pérdida de dignidad, la eticidad se desmorona y la vida humana en su sentido pleno se vuelve imposible.

La dignidad del hombre está dada en participar de la divinidad. La conciencia parte del ser- presente inmediato y reconocen en él a Dios, siendo la autoconciencia. Tras la muerte de Jesús, autoconciencia universal de la comunidad, será en la intersubjetividad donde se experimenta lo divino.

En este recorrido es preciso analizar con la caída del hombre y su condena a la ruptura con la naturaleza y en las sociedades humanas a lo largo de su historia (Capítulo 4. “La superación de las fracturas del ser humano. Eticidad y neoliberalismo”). Hegel, por caso, sentía una profunda obsesión por la fragmentación del Sacro Imperio Romano Germánico que atravesaba a la nación alemana.

Quiebre fundamental, el transito del ethos animal al ethos humano mediante la cultura, se vuelve añoranza en la idealización de un estado original no corrompido. En el presente, no se trata del retorno a las cavernas antiguas, con aire y agua limpios, sino de la entrada  a las “cavernas modernas producidas por el capitalismo, contaminador al punto de que la vida se torna irrespirable” (p. 70).

Siendo la eticidad hegeliana la idea de libertad, que conforma la totalidad de práctica y conciencia, práctica y teoría, práctica y crítica en una realidad intersubjetiva. El Estado, en cuanto realidad de la dialéctica tienen en su esencia y finalidad la libertad sustancial de los individuos, no en al determinación de la protección de la propiedad y de la libertad que hacen que ser miembro del Estado sea algo discrecional.

En este señalamiento, Hegel denuncia la pérdida del concepto de Estado, como ámbito de la universalidad, en una destrucción de la eticidad que hace posible la vida humana. La respuesta al intrincado problema está dada en la prefiguración hegeliana sobre el siervo, quien en su afirmación como sujeto obtiene su independencia y observa el horizonte de libertad. Es el momento de la utopía, en que se da la apertura plena para la realización de un proyecto liberador. 

Para comprender la distancia enorme de incorporar al Estado una eticidad aglutinante, la proclamada muerte del sujeto en etapa neoliberal conservadora implica la destrucción de cualquier proyecto colectivo (Capítulo 5. “La crisis del sujeto moderno, a doscientos años de la Fenomenología del Espíritu”). El hipotético reconocimiento liberador respecto de la afirmación “no hay Sujeto sino sujetos”, implica, por otra parte, la realidad de una situación de vulnerabilidad para los pueblos  de la periferia. De otro modo, ¿cómo “enfrentar los verdaderos poderes de la muerte” evidenciados a lo largo de una historia de conmociones diversas? Si el sujeto es una construcción, abierta a la universalidad y la pura indeterminación debe negar la indeterminación del universal concreto, en una limitación fundante de contenido. Pero, en tanto necesidad, esta etapa de subjetivación sería tan estremecedoramente limitada como la dictadura totalitaria del universal abstracto. “Las soluciones liberales comienzan con al afirmación del particular en contra del universal, y terminan afirmando un nuevo universal horroroso y opresivo. La eliminación de uno de los momentos de la dialéctica implicaría por tanto un sujeto devorado” (p. 94).

Pensar a este Sujeto mutilado, (parcialmente) condenado a la pasividad, en tanto  mercancía sometida por fuerzas de una sociedad civil, ficticiamente homogénea, que ha desvirtuado el sentido realizado de la vida en la polis es la habilitación para el diálogo  con el Ernst Bloch de El Principio Esperanza (Capítulo 6. “El kairós, el milagro y la revolución”). Se retoman los conceptos de kronos y kairós, designaciones del tiempo cuantitativo y del tiempo cualitativo, lo rutinario y lo excepcional. No hay iluminación, sin embargo, que permita al sujeto la certeza de hacer su propia historia: sólo podemos permitirnos observar épocas en los que se presiente lo porvenir. El presente, signado por la convención de kairós en kronos, sólo pudo formularse en un disciplinamiento sanguinario obtenido en la razón instrumental desde el siglo XV. En la lectura de Bloch, se produce un encuentro dialéctico en que se descubre “sueños desiderativos” del marxismo y el milagro del salto, retomado pro Hegel en Ciencia de la Lógica. Vida y muerte, momentos cualitativos, instantes de un espíritu de incesante y posesivo movimiento. 

Pero sí con Hegel se analiza la realización del sujeto en la intersubjetividad, plasmada en el Estado, se vuelve un lugar obligado las relaciones contractuales y la juridicidad de un marco de comportamiento que vuelva posible la convivencia (Capítulo 7. “Ética, moral y política”). Sin embargo, la perspectiva kantiana, que rebaja la moral a deber por el deber y a formalismo vacío. El pasaje de la moral, mera abstracción, requiere que los momentos subjetivos de lo consciente y lo objetivo derive en la eticidad, plena interconexión de los sujetos autoconscientes, “espacio de creación y expansión es el motor de las transformaciones” (p. 111). Dri revisa entonces el desenvolvimiento del liderazgo histórico de Jesús, quién desde la autoridad moral construida desafiará la cultura de dominación presente en las autoridades romanas y en los sojuzgados hebreos. Servir y no dominar será la propuesta ética y política hacia la construcción de un poder horizontal que elimine los poderes de dominación.

La problemática del exilio formula la tensión dramática de las alteraciones del proceso de construcción de la subjetividad (Capítulo 8. “Reflexiones filosóficas sobre el exilio”. Ser sujeto no es algo dado, es una creación, un “ponerse”, en relaciones intersubjetivas de mutua influencia. Aún más, no existe sujeto sino al subjetualizarse, construcción inescindible de un proceso de interiorización del mundo. Ello presupone la pertenencia a un lugar, con un ethos y una cultura que el son presupuestos. En el exilio, la dialéctica entre presuponer y poner implica un desgarro en el avance de esta última, pudiendo culminar en la desaparición del sujeto. “El sujeto es siempre volver a las raíces, al presuponer, para proyectarse hacia adelante. Sin ese volver, las fuerzas para proyectarse desfallecen” (p. 125). Tampoco puede considerarse la identidad de los sujetos sin reconocer sus espacios formativos (Capítulo 9, “Aspectos de la relación pedagógica”). Los hombres nacen en la desigualdad de roles presentes en una familia, con la impotencia de su condición de niños frente a los adultos. Instancia de aprendizajes, marca un punto de inicio de transmisiones mutuas de conocimientos, experiencias y valores en la intersubjetividad, constituyendo relaciones pedagógicas. La escuela, paso posterior en la construcción de la eticidad, implica en la relación profesor-alumno un mutuo descubrimiento, pasaje del sujeto hacia un universal concreto. Sin embargo, el peligro de una objetualización en dos particularidades podría implicar el aprisionamiento del individuo en el sometimiento a las instituciones.

El autor repasa las reflexiones en torno a la muerte de Dios teorizada por el filósofo alemán, recordado nuevamente la presencia de lo sepulcral en todo lo estático (Capítulo 10. “La muerte de Dios en Hegel y Nietzche y su relación con el dios-ídolo de los profetas hebreos”). En el siglo IV a.C., cuando ya había pasado el momento del florecimiento de la polis y comienza a entrar en franca disolución el individuo, al desprenderse del demos, queda aislado y pierde su ethos. La destrucción de la polis va unida a la destrucción de Dios, o viceversa, la muerte de Dios va unida a la destrucción de la polis.  La segunda muerte de Dios encontrada por Hegel en el cristianismo, centrada en la figura de Jesús de Nazareth. Mientras Jesús vivió, su misma presencia era un velo corporal que actuaba en ella divinidad, y para que esto fuera evidenciable era necesaria la muerte en el él del particular. El paso del universal al particular es una negación, una muerte que debe dar paso a una segunda negación o muerte, desapareciendo el particular puede el universal recuperarse como universal concreto. En este caso, el particular es representado por un hombre, Jesús de Nazareth. Esta desaparición de la particularidad en la segunda muerte de Dios, o en su realidad, la verdadera muerte de Dios. Dios es el espíritu por excelencia, y como el ser humano necesita la representación y requiere el momento de objetualidad se la representa con la figura del ser humano.

Nietzche reflejará como pocos el sentimiento desgarrador de la culpa y confusión, con metáforas desesperadas sobre la muerte de Dios, y junto con la idea de un mundo que se derrumba, junto con la sed que le daba sentido a un vacío enorme que debe ser llenado.

Sin embargo, otro es el mensaje que deduce Dri de la historia del grupo de hebreos que en el 1200 a.C., reunidos en la tierra de Canaán a través del río Jordán realizan un pacto en la ciudad de Siquem, con la prohibición de Yahvé de adorar a los otros dioses, que aceptaban la adoración mediante la representación en imágenes, en estatuas, encerrados en templos. Es un dios de la liberación que sólo se afirma n el pueblo, pues está en el pueblo. La muerte del dios-ídolo es fundamental para la formación de la sociedad liberada de toda opresión que se denomina reino de Dios.

“La conciencia es para sí misma su concepto, por eso es el acto de traspasar lo limitado y, ya que esto limitado el pertenece, es el acto de sobrepasarse a sí misma; junto con lo singular es dado a la conciencia el más allá, aunque sólo sea como la intuición espacial, lindera con lo limitado” (FABRO, 1969:174-175). Bajo los desafíos de los conflictos originales y los emergentes de lo próximo, Rubén Dri retoma en una interesante lectura a Hegel como pensador político de la emancipación, en un mensaje hacia el ponerse y determinarse de un proyecto colectivo humanizante que guíe hacia el horizonte utópico. 

Bibliografía 

Dri, Rubén. Hegelianas. Irradiaciones de la fenomenología del espíritu. Buenos Aires: Editorial Biblos, 2011.
Fabro, Cornelio. La dialéctica de Hegel. Buenos Aires: Editorial Columba, 1969

Not@s editoriales

Karl Marx & Friedrich Engels: Prólogos a varias ediciones del Manifiesto del Partido Comunista Flacso
'Das Kapital' fully digitized — Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam
Karl Marx: Prólogo a la primera edición alemana de El Capital — El Viejo Topo
Manuel Sacristán: Prólogo de la edición catalana de El Capital — Rebelión
Jaime Ortega Reyna: Marx y Freud en América Latina — AcademiaEdu
Andrea Baldazzini: Note su “Il Mediterraneo” di Fernand Braudel — Pandora
Las ediciones de la obra de Gramsci — Mundo Untref
Reyes Mate: Correspondencia entre Theodor Adorno & Gershom Scholem: razón y mística — ABC
Reseña crítica de 'The Limehouse Golem': caza al asesino, la búsqueda de un psicópata en el Londres de finales del siglo XIX — El Mundo