7/12/13

A los 70 años de ‘Viento Seco’ | Novela de tesis moral, crónica literaria, cuento de época, suceso novelado...

Ricardo Sánchez Ángel  |  Cuando Daniel Caicedo escribió y publicó Viento Seco (1953), con prólogo de Antonio García, estaba haciendo época en la literatura testimonial colombiana. Tuvo la lucidez intelectual, la sensibilidad literaria y el compromiso político para reconstruir el drama humano de las masacres más significativas e inaugurales, en el ciclo de la violencia política colombiana. Las matanzas de Betania, Fenicia, Salónica, El Dovio, La Primavera, Indianápolis, Restrepo, Tulia y El Aguila son contexto al que alude Daniel Caicedo para contarnos las masacres de Ceylán y la de la Casa Liberal de Cali en octubre de 1950.

Ceylán era una vereda del municipio de Bugalagrande, Valle del
Cauca, de estirpe mayoritariamente liberal. Geografía de huertas, cafetales, potreros y maizales. Situada en las montañas, al lado oriental del río Cauca. Varios automóviles y «jeeps» irrumpieron en el caserío sometiéndolo a una violencia feroz. Dispararon a diestra y siniestra. Prendieron fuego a las casas y bienes de la población. Violaron niñas y mujeres. Torturaron en todas las formas. Se embriagaron, asolaron, diezmaron. Las llanuras y el humo eran de distintos colores. La matanza se repetía sin cesar. A los asesinados en el poblado se suman los 150 cautivos que fueron llevados en camiones hasta el río Bugalagrande y ahí, después de la fiesta de sadismo y tortura, asesinados; macheteados, rociados con gasolina e incendiados. El puente y la carretera también estaban rojos. Y el río se volvió más rojo.

Los agentes de la masacre fueron decenas de detectives, policías uniformados y civiles en armas. Eran los «chulavitas» y los «pájaros». La masacre la cometieron en una cita macabra estos bandoleros cuyos seudónimos, apelativos, eran nominativos de su personalidad cruel y bárbara: Chamón, chulavita negro amoratado como el ave que le había dado su nombre; Descuartizador; Lamparilla era el jefe de los pájaros que tenía todas las caras de la crueldad; Pájaro Azul discípulo aventajado; Vampiro, tragaba sediento, la sangre de la yugular abierta de un joven. La Hiena quien asesinaba acompañando su acción, con ritos de magia negra.Daniel Caicedo es el cronista literario de los extremos de la violencia. De donde más allá, nada es posible imaginar.

Se trata del movimiento de la violencia concentrada. La lógica de la aplicación de ésta es el aniquilamiento; la negación del otro y de los otros, lo cual engendra y desarrolla el conflicto. La guerra vertical y horizontal, la expansión amplia de la violencia que lo va escalando todo como una espiral, como un huracán devastador, y como un laberinto, porque no sólo hay destrucción, tampoco hay salida, salvo el hilo de Ariadna de la paz que hay que tejerlo, con la inteligencia de la ciencia y la voluntad del pueblo. La violencia de Viento Seco es un asunto humano, de relaciones entre humanos. Acontece en una sociedad cuyos vínculos, ideologías y comportamientos -teniendo una forma de hacer económica, la del capitalismo y el atraso- discurre en la constelación de lo humano. La violencia para Daniel Caicedo tiene como ingrediente fundamental, el que es impulsada desde arriba, desde el gobierno de la época, para luego extenderse horizontalmente entre el pueblo.

La otra masacre, que le da unidad temática al relato novelado de Viento Seco, es el de la Casa Liberal  de Cali. La narración de Daniel Caicedo es suficiente:
 «...Bien, señor Gobernador... Y salieron en grupos de tres y cuatro, con sombreros calados hasta las cejas y pañuelos anudados al cuello, listos para cubrir las caras como antifaces. Al cinto dos revólveres y un cinturón de balas. Doblaron la esquina y recorrieron unos 80 metros.»
Viento Seco en su propósito de crónica literaria, cuento de época, suceso novelado, particulariza el drama de Ceylán y de la Casa Liberal en Antonio Gallardo y Cristal, como personajes que sufren la embestida del terror. Ahí hay, una exploración sicológica y social de los personajes y su entorno. Daniel Caicedo hace gala de un fino naturalismo en su bucear por la condición humana. Disecciona rigurosamente como un cirujano, como un analista de la sicología. No hay que olvidarlo, es un médico el que escribe, por ello la crudeza, el rigor de la descripción. Es el galeno desdoblado en literato. Los personajes van transformándose en el contexto de la situación de terror, de lo que comienza con muerte, se desarrolla como muerte y termina en muerte. En la lectura de Viento Seco se encuentran las estructuras de lo social, lo político y lo religioso las cuales operan como ideología encubridora. Es una denuncia de la época, su sociedad y sus dirigentes.

Es una novela de tesis moral. De exposición ingenua. De lenguaje combinado, que pasa del naturalismo de las descripciones sobre los sucesos de violencia, al lirismo con que se construyen los personajes, el paisaje del río y del Valle del Cauca. En estas páginas hay pasión exaltada para contar las masacres y ternura para describir a las víctimas y los entornos. Es también una literatura de nostalgia, esquemática y directa. Se nombran ciudades y lugares del Valle: Ceylán, Bugalagrande, Zarzal, Ansermanuevo, Tulúa, Bolívar, Barragán, Juanchito, Cartago y Cali. El ciclo de la violencia de Viento Seco termina en la guerrilla de los Llanos Orientales como un camino de supervivencia y salvación. Lo que aquí se narra es una rebeldía primitiva que se agota en el odio y en el suicidio, como Cristal cobrando venganza con el envenenamiento colectivo de policías y el suyo. Antonio Gallardo irá a la guerrilla de Emilio Arenas, Mario Cendales y Ricardo Moreno. Tenía un sólo pensamiento y una sola satisfacción: matar, matar, matar. Se cumple el ciclo del exterminio de los combatientes, la traición y el asesinato del héroe.

Germán Guzmán en su estudio clásico sobre La Violencia en Colombia presenta un cuadro de genocidios durante este período, hasta 1959. En 1952 como reacción a la emboscada que le tienden al gobernador del Tolima y al hijo del presidente Urdaneta Arbeláez, se realiza la destrucción de la zona de El Líbano produciendo alrededor de 1.500 bajas sin distinción de sexos ni edades, luego de saquear e incendiar las casas campesinas. Uno de los mayores genocidios en la historia de Colombia. Otros episodios señalados por el sacerdote-sociólogo: Villanueva 22 personas; Palestina 30; Ceylán 150; San Rafael 27; Carmen (Norte de Santander) 33 en 1949; Guadalito (Tolima) 27 en 1950; Belalcázar (Cauca) 112; La Ceiba, El Topacio (Falán, Tolima), La Argentina en Yolombó, 15 muertos; Urrao (Antioquía) en 1952; en los Llanos  entre 1951 y 1952, Aguaclara 20 muertos; Sabanalarga 25 y El Pante 40; El Turpial 96, Mundonuevo en Cabrera (Cundinamarca) 95 muertos en 1954; Platanillal en Villahermosa (Tolima) 65 muertos en 1956; San Andrés (Huila) 45 en 1959; El Cruce de Alvarado (Tolima) 27 en 1958; La Palmita en Rovira (Tolima) 42 en 1959.

Este cuadro se debe completar con otros sucesos de masacres destacados. La cometida contra los estudiantes el 8 y 9 de junio de 1954 y el asesinato de 90 labriegos por parte del ejército en Pueblo Nuevo (Sumapaz). En la hoja volante de los campesinos de Villarica titulada Torturas, Lágrimas y Sangre: El Plan de Agresión sobre el Campesino de Villarica se lee:
«...convirtieron la pequeña región de Villarica en un verdadero infierno de destrucción y violencia.»
Justamente, con la agresión de exterminio a Villarica comienza La Segunda Etapa de la Violencia que se extenderá a todo el departamento del Tolima, al occidente de Cali, Quindío, Huila, Cauca y Santander del Sur. En febrero de 1956 se comete la masacre de la Plaza de Toros de Bogotá. El 7 de agosto del mismo año se dio la explosión de siete camiones cargados de dinamita en la ciudad de Cali, causando una tragedia colectiva[1].

La masacre, el genocidio, como política y técnica de ejercicio de la violencia viene desde atrás, como lo hemos visto. Se ejerció también durante el Frente Nacional. En un ensayo de Alfonso López MichelsenVida, Pasión y Muerte del Frente Nacional se traza un cuadro ilustrativo de violencia en este período:
«Se alega en favor del sistema, que ha desaparecido el sectarismo con la consiguiente extinción de la violencia. Falso. Es cierto que se extinguió el sectarismo conservador y el sectarismo liberal, para ser sustituido por el sectarismo frentenacionalista y antifrentenacionalista. Sólo la ausencia de una prensa alharaquienta, como la que tuvieron los partidos para enrostrarse sus respectivas violencias ha permitido revelar este hecho. Masacres como las de El Dovio y Ceylán han ocurrido con gentes nuestras en Costa Rica (Valle) y Puente Roto, en donde gentes pacíficas de la oposición fueron masacradas por las armas oficiales. Dos representantes nuestros en la última legislatura murieron a manos de sus adversarios políticos, exactamente como el clímax de la violencia ocurrieron las muertes de Gustavo Jiménez y Jorge Soto del Corral, representantes liberales. Seis diputados han sido asesinados en la misma forma, y veinte o treinta concejales, principalmente del Valle, Huila,  Tolima y Antioquía. No ha sido violencia conservadora, ha sido violencia frentenacionalista y sobre ella podría escribirse un libro tan voluminoso como el que editará Tercer Mundo, escrito en colaboración por varios sociólogos, encabezados por Monseñor Guzmán y el doctor Fals Borda.»[2]
 Otros hitos de genocidios durante este período son los cometidos contra los trabajadores del azúcar cuando marchaban sobre Cali en 1963 y contra la huelga de los petroleros y la de cementos El Cairo en Santa Bárbara en el mismo año. Dos episodios más: el 26 de febrero de 1973 en Cali y el 14 de septiembre de 1977 en Bogotá y otras ciudades. Queda entre el tintero la cronología de las masacres a campesinos e indígenas, a gentes sencillas del pueblo durante este lapso.

El domingo 13 de noviembre de 1988, los periódicos traían la crónica macabra de los sucesos de Segovia, municipio minero en el nordeste antioqueño, situado a 240 kilómetros de Medellín. El día anterior, varios carros «camperos» llegaron al pueblo en caravana hacia las siete de la noche e inauguraron una orgía de sangre, asesinando a por lo menos cuarenta y tres personas e hiriendo a cuarenta más. El genocidio se cometió contra población civil, penetrando a establecimientos públicos y privados, incluyendo bailaderos y casas de habitación. Las víctimas fueron hombres y mujeres, ancianos y niños. Con ametralladoras dispararon indiscriminadamente. La calle de la Reina vio reinar la muerte. Volaron los equipos de Telecom. Balas, bombas y granadas. También la iglesia, la alcaldía y los bares de Amañadero y Johnny Key, llamados los dos mataderos, el tercero es el matadero municipal. Dos buses fueron atacados  con bombas y rociados con balas. En el vecino corregimiento de La Cruzada, la caravana de la muerte disparó contra las casas, dejando seis muertos y completando su plan de terror. La fuerza pública no intervino para evitar la tragedia.

Políticamente Segovia es partidaria de la Unión Patriótica. Los muertos fueron de esta agrupación y liberales de izquierda, amen de los niños que no habían decidido su destino. La naturaleza, con un aguacero torrencial, parecía querer lavar la sangre y los truenos anunciaron la ira por venir.

Era una masacre anunciada, advertida al gobierno, con premoniciones. Los letreros amenazantes, los anónimos, las demostraciones anteriores, anunciaban la llegada de los asesinos, de los Realistas, como se le denomina a este cuerpo de espanto. Tal vez, sería más preciso decir, que el genocidio en Segovia es la continuación del cometido ahí mismo contra 22 personas en septiembre de 1983. En esa oportunidad, 32 hombres enmascarados despedazaron a machete y ahorcaron con nylon, después de torturar a estas 22 personas, a niños y a mujeres.

La masacre más grande en los últimos veinte años contra población  civil. Un hito en la historia de la violencia en Colombia. El suceso más escalofriante en los anales modernos de Colombia desde lo acontecido en el Palacio de Justicia de Bogotá en noviembre de 1985 y en Tacueyó, montañas de Corinto, en el mismo año.

En lo que va corriendo del año 1988, han ocurrido 19 masacres por motivos claramente políticos. 17 de paramilitares y 3 atribuidas a fuerzas guerrilleras. Casi dos masacres por mes. La cronología sucinta es la siguiente: el 4 de marzo 16 trabajadores de la finca bananera Honduras, en Urabá, fueron fusilados. El mismo día, por los mismos sicarios, fueron ultimados  6 trabajadores en la finca La Negra.

El 4 de abril cuando bailaban un fandango de sábado de Gloria en la Mejor Esquina, departamento de Córdoba, asesinaron a 28 personas. El 19 de abril, en la finca El Copete, en Chaparral Tolima, mataron a un campesino, su esposa y sus 3 hijos. El 24 de abril a orillas del río Guatapurí, Valledupar, fueron muertas 5 personas a garrote y bala. El 26 de abril en el Cesar, masacraron a 10 personas (atribuido a la guerrilla). El 17 de mayo en Arboledas, Norte de Santander, se asesinó en la finca Los Pinitos a 5 trabajadores. El 19 de mayo, en la finca Charco Negro en Suaza, Huila, fueron también asesinadas 4 personas. El 26 de mayo en la finca Candilejas en San Vicente de Caguán, Meta, caen 5 trabajadores. El 14 de junio en el restaurante La Libertad en Barrancabermeja se asesinaron 4 personas.

El 3 de junio en la finca los Andes, entre Granada y El Castillo, Meta, masacraron 17 trabajadores. El 22 de junio en El Carmen, Santander mataron doce trabajadores. El 29 de julio en San Francisco del Rayo, jurisdicción de Montelíbano, departamento de Córdoba, asesinaron 8 campesinos. El 24 de agosto en Saiza, Córdoba murieron 38 personas (atribuido a la guerrilla). El 30 de agosto entre Chogorodó y Mutatá, Antioquia, se asesinó a 4 personas. El 1 de septiembre, 40 personas fueron víctimas en el Tomate, Córdoba (atribuido a la guerrilla). El 16 de septiembre se encontraron 4 cadáveres en una mina de carbón, cerca de Cali. El 4 de octubre en Turbo, fueron asesinadas 5 personas.

Faltan en esta cronología las masacres sociales, contra prostitutas, borrachos, homosexuales, desempleados, que se realizan en las siniestras operaciones de «limpieza» por parte de grupos privados. Que constituyen también parte de la constelación de la violencia política en tanto las ejecuten fuerzas privilegiadas que ejercen la justicia privada y aplican la pena de muerte.

Todas estas masacres tienen características variadas. Unas son contra trabajadores y se los fusila uno a uno. Otras contra familias. Otras contra personas que están departiendo. La de Segovia fue contra la población civil, indiscriminadamente. No se puede uno engañar, si hubieran podido, habrían asesinado a todo el pueblo, incluyendo la destrucción de sus bienes. De conjunto, son operaciones sistemáticas de exterminio, intimidación y castigo. Constituyen, quién lo duda, operaciones de fanatismo, criminalidad y demencia.

ADENDA

El término masacre no aparece en el diccionario de María Moliner, ni en el de la Real Academia. En el Lexicón de Colombianismos de Mario Alario de Fillippo se define así:
 «Asesinar, hacer una matanza de seres humanos. Lo registra el manual como galicismo. Matanza, carnicería, mortandad, galicismo.»
Genocidio es castizo y lo define María Moliner como «exterminio sistemático de un grupo social por motivos de raza, de religión o políticos.» Exactamente eso es lo cometido en Segovia: Genocidio, Masacre.

De Ceylán a Segovia, el genocidio, la masacre, como técnica de ejercicio del poder. Como realización del exterminio de los otros. De aquí la actualidad y vigencia de Viento Seco de Daniel Caicedo. 

Notas 

[1] Véase: Mons. Guzmán, German, Fals Borda, Orlando y Umaña Luna, Eduardo. La violencia en Colombia. Bogotá: Facultad de Sociología Universidad Nacional de Colombia, 1962. Tomo I. Cap. IX. “Tanatomanía en Colombia”. pp. 203-214.

[2] López Michelsen, Alfonso. Vida, pasión y muerte del Frente Nacional. En: “Posdata a la alternación”. pp. 83-84.  

Caicedo, Daniel. Viento Seco. Buenos Aires: Editorial Nuestra América, 1954.    

Ricardo Sánchez Ángel es Doctor en Historia y Profesor Universidad Nacional de Colombia, 1989-2013
www.multisignos.blogspot.com




Not@s editoriales

Karl Marx & Friedrich Engels: Prólogos a varias ediciones del Manifiesto del Partido Comunista Flacso
'Das Kapital' fully digitized — Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam
Karl Marx: Prólogo a la primera edición alemana de El Capital — El Viejo Topo
Manuel Sacristán: Prólogo de la edición catalana de El Capital — Rebelión
Jaime Ortega Reyna: Marx y Freud en América Latina — AcademiaEdu
Andrea Baldazzini: Note su “Il Mediterraneo” di Fernand Braudel — Pandora
Las ediciones de la obra de Gramsci — Mundo Untref
Reyes Mate: Correspondencia entre Theodor Adorno & Gershom Scholem: razón y mística — ABC
Reseña crítica de 'The Limehouse Golem': caza al asesino, la búsqueda de un psicópata en el Londres de finales del siglo XIX — El Mundo